Hemeroteca del mes marzo 2019

Vivíamos en  Florida Fc. Belgrano, desde el año. 1944  hasta 1947. Mis padres alquilaban   una modesta  casa a 6 cuadras de la estación.

Trato de Recordar  cómo era el  suministro de los servicios en el hogar. Algunos si los tengo bien presentes,   otros no sé cómo eran, mejor dicho que artefactos se usaban para cocinar, bañarnos, y  climatizar  el hogar.

Siendo niño no  se me grabo nada referente al  baño diario ni   la comida.,  Era inapetente, y  bañarme, de chico,  era una tarea de la cual se ocupaba  mi madre.,  seguramente llenaba  un fuentón  y me bañaba en él durante  los primeros años.

Luego  siguió el calefón de alcohol de quemar,  se  cargaba un depósito con una alcuza y luego de abrir la canilla se encendía  el  combustible.  Había que ducharse rápido,  un poco para no gastar y otro poco por la capacidad  del recipiente del calefón.

 El agua comenzaba a enfriarse, esto significaba, ¡apúrate!  Se termina el alcohol.

Tengo muy presente la estufa a  presión de  kerosene marca volcán de  velas  cerámicas.

 Mi madre ponía a calentar  en invierno  un jarro con agua y hojas de eucaliptus dentro, decían que  hacia bien para la salud respirar ese vapor  y además aromatizaba el ambiente. 

Un día en mi travesuras  infantiles, corriendo detrás de una pelota,  atropellé   la estufa, y el jarro se volcó  con su contenido sobre mi pierna dejándome una linda marca de quemadura en mi rodilla.

Posiblemente se cocinara también con  una cocina de dos hornallas a kerosene,  o  puede que la casa contara con  una económica a leña.

Nos mudamos luego a Morón, allí  comencé la primaria.

Frente a la escuela había un galpón que vendía Carbón, leña, papas y kerosene.

En  una  época   hubo  racionamiento ,  o escases de combustible,  así que,  a la salida del colegio, mi madre se  ponía en la cola  para conseguir algo de Kerosene,  si te daban cinco litros era todo un triunfo, muchas veces llevábamos solo dos,  o alguna yapita tratándose de familias con niños, de todas maneras  el presupuesto no daba para  mucho mas.

Lo que se conseguía se pasaba a un tambor de 20 litros que teníamos en casa.

La estufa solo se  prendía por la noche, primero en el patio , llenando con alcohol de quemar una canaleta que corría por detrás  de las velas, para calentar el gasificador , luego se bombeaba para dar presión y abría el gasificador antes de que se consuma todo el alcohol.

Cuando  la combustión fuera buena, sin olores ni humo y llama azul,  la estufa era entrada  al comedor manteniéndola  encendida para  bañarnos, cenar e ir a la cama. Se devolvía al patio y apagaba  cerrando el gasificador  y soltando la presión del tanque.

Un tiempo después,  en los años 50  pudimos acceder al gas envasado, debimos  colocar las cañerías para la distribución,  Se hizo  la casilla de material para guardar los tubos de gas de 45 kg. cada uno, cuyo contenido haría la  alimentación y reemplazo de las cocinas y calefones  a kerosene,  llegando así  los nuevos artefactos para  usar con gas envasado.  .

Teníamos dos tubos de 45 kilos, cuando uno se agotaba, hacíamos funcionar el otro para el suministro.   Si se podía, en lo económico, solicitábamos Inmediatamente  a la empresa de gas, la provisión de uno lleno, generalmente  en una semana llegaba.   Si el presupuesto estaba algo ajustado dejábamos pasar una  semana más para encargar el nuevo.

Teníamos en el  living comedor  un  hogar a leña,  pero sinceramente  no recuerdo haberlo visto encendido  nunca.

Creo  que  el gas no llego a  expulsar a  la estufa Volcán a velas.  Este duro muchos años,  irradiaba un  mucho calor,  no despedía   olores  y el consumo era moderado.

Se fue, en algunos pueblos y  ciudades  del gran Bs.As.  y en  las provincias, cuando  los fabricantes de repuestos, dejaron de proveerlos. En  la  capital  el gas le dio  su ultimátum en forma inmediata.

Pero  la volcán nunca muere,  en la actualidad,  quienes las conservan, las mantienen en muy buen estado de funcionamiento, y con los repuestos de algunas en desuso  se reparan las otras.

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Deseo compartir con  ustedes los recuerdos de una camarada de la Policía  Federal Argentina. Señora Gladys Amelia:

“Egresé de la Policía Federal el 6 de diciembre de 1990.

Infanteria Femenina.

Estuve en documentación y en marzo de 1993 ingresé  al  Cuerpo Policía de Transito.

Posteriormente hice el curso de motociclista femenino policial.,  Egresando en 1994. Siendo la segunda promoción femenina de motociclistas.

En esta promoción éramos 15 mujeres, estábamos a cargo del Comisario Sorvilli, quien fuera el creador de la división femenina de motociclistas.

El Curso duró 4 meses, tuvimos como instructor al “pato”  Iannini,  quien  nos enseño a marchar, pararnos en la moto, correr detrás, y subirnos,  Efectuar tiros desde ella, y algunos trucos más.

Trabaje también en el comando radioeléctrico de transito  y posteriormente, cuando se cerro CPT. Por orden del  Comisario Rubén  Santos me dieron el pase a la comisaria  2°.

Finalmente fui trasladada a la comisaría 11° del barrio de Caballito  donde me retire.”

Acompaño algunas fotografias para la mejor ilustración.

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Autor: Pablo Etchevehere

La abuela Perla tiene 96 años y una memoria cibernética, chiquitita, toma mate frente al televisor todas las tardes. Está cuidada por una joven paraguaya que la acompaña permanentemente y la visitan regularmente el hijo que queda, los nietos los bisnietos y un pequeño tataranieto.

La abuela Perla es una anciana feliz. A veces se pone triste y se acuerda de su juventud en las primeras décadas del siglo XX. – Sabes hijita, le dijo a una periodista que la vino a visitar: – que fui bailarina, jajaja, bataclana dicen por allí. Quería ser lo que eran Tita Merello y la negra Bozán. Quería bailar en el Chantecler o en el Maipo, pero solo conseguí bailar en un cuchitril de mala muerte llamado “RE-FA-SI” En el año…, haber, 33, si la primavera del 33, bailaba en el “RE-FA-SI” junto con veinte chicas, “veinte caras bonitas veinte” voceaba un sujeto en la puerta del teatro, -”

Pasen y vean señores, las mejores chicas de Buenos Aires, las mas descocadas se los aseguro” Allí bailaba yo, actuaban un cómico, que imitaba a Sandrini, le decían Pepito, un mago y Margot Mellián, una primera figura que bailaba y cantaba tangos como Asucena Maizzani. Un día que estábamos ensayando la nueva revista “Cantando y bailando en primavera” llegó al teatro un empresario paraguayo el señor Fretes. Este hombre era amigo o socio de Samuel Kilesky, nuestro empresario. Fretes pidió cinco bailarinas para realizar una gira de un mes por Paraguay. La finalidad era animar a los heridos de guerra que estaban alojados en el hospital de sangre de Asunción. Muchas chicas tenían hijos, unas pocas eran casadas y al final fuimos elegidas cinco solteras y la mujer del mago, Gerta, una misteriosa alemana que apenas hablaba español.

Nosotras seis, la cancionista Margot Mellian, una chilena que cantaba como un pajarito tangos, y el empresario Fretes nos embarcamos una mañana en el vapor Ciudad de Rosario y partimos a la guerra. Cuando llegamos a Asunción, por entonces una urbe provinciana llena de heridos, soldados, comerciantes y prisioneros bolivianos que limpiaban las calles o simplemente pedían limosna, nos esperaba en el puerto la mujer de Fretes Madame Petra, una polaca entrada en años que quien sabe por que infortunio de la vida fue a parar a Asunción.

De allí nos trasladaron en tren a Paraguarí a poco más de una hora de la capital, donde se encontraba el campamento de Cerro León, el histórico gran cuartel militar del Paraguay. Allí en infinidad de tiendas de campaña se reponían los guerreros que eran evacuados enfermos o heridos del campo de batalla en el Chaco Boreal. En una gran tienda pudimos ver decenas de camastros alineados, donde encontramos heridos graves casi todos con miembros amputados o ciegos quemados por los gases y los lanzallamas que los alemanes vendieron inescrupulosamente al gobierno de Bolivia. Un herido me aferró la mano.

Fretes se paró en medio del salón acompañado por un médico que bajo su guardapolvo blanco llevaba el uniforme de coronel paraguayo. Dijo algo así como soldados y oficiales les presento a las cinco caras bonitas de Buenos Aires cinco, y a continuación mientras nos aplaudían sin mucho entusiasmo, médicos y enfermeras, entró a la carpa un grupo de músicos de mediana edad uniformados que comenzaron a tocar tangos y foxtrot.

Nosotras bailamos, bailamos y por un momento nos olvidamos donde estábamos. Al atardecer nos llevaron a un hotel, donde la policía militar tuvo que custodiar los desmanes de cientos de borrachos que sabedores del alojamiento de las bailarinas cerca de los regimientos, decidieron asaltarnos con vaya a saber que intenciones.

Al día siguiente en vapor partimos para Puerto Casado, la población más cercana a las línea de combate que se extendía a unos cien kilómetros de esa población, final de las vías ferroviarias que la unían con Isla Poí, el epicentro de la guerra y asiento del Estado Mayor paraguayo y su comandante el General José Felix Estigarribia.

 En Puerto Casado, nunca vimos tantos solteros. La Maga Gerda se prendó de un Oficial Ruso blanco exiliado, que hablaba alemán y servía al ejército del Paraguay como Ingeniero buscador de agua en el desierto del Chaco. La maga hizo desaparecer como por arte de magia el recuerdo de su propio marido Gustav, ex oficial alemán en la Gran Guerra, quien disimulaba su brazo vacío bajo la capa de Mago.

El resto de las chicas se fijaban en los jóvenes oficiales guaraníes siempre sonrientes pero valientes hasta la temeridad. Un herido me pasó un papelito que decía: “Marcio López, Cadete”. Era un chico de mi edad, no más de 18 o 19 años, sus manos eran finas y la herida en el hombro había cicatrizado. Me acerqué a él y hablamos. El Cadete me contó que estudiaba en el Colegio Militar de Asunción, cuando fue movilizado con todo el cuerpo de alumnos a la batalla de Boquerón y allí estaba, pensando que pronto le ascenderían a subteniente. Le di la dirección de mi madre en Adrogué y me fui, porque me sonrojé, en el momento que Marcio me dijo que cuando la guerra terminara me iría a buscar a Buenos Aires.

Pasaron tantos años. Claro, luego de un mes volvimos a la Argentina, con la experiencia fuerte de haber bailado a metros de la guerra. Y me dediqué al cine, me casé y luego me separé de un actor de tercera categoría quieme dio un hijo, Carlos el mayor de los tres retoños que alegraron los días de mi existencia. en 1948, ya había muerto mi madre y yo andaba por los treinta y pico. Un día bariendo la vereda se acercó un hombre, me preguntó si era Perla, le dije que si, me dijo soy Marcial el cadete de Puerto Casado. Lo invité a pasar y hablamos. Me contó que recién llegaba a la Argentina para buscar trabajo. Que luego de la guerra siguió la carrera militar hasta Capitán, pero que una revolución perdida lo había dejado fuera del Ejército y que sobrevivía haciendo changas. Dos años después nos casamos y vivimos juntos 40 años, hasta que falleció.

Tuvimos dos hijos muchos nietos y bisnietos. La guerra del Chaco Boreal que a tantos separó, a nosotros nos unió; cuando cinco caras bonitas, cinco, alegraron un ratito a cientos de heridos en un campamento lejano del misterioso Paraguay.

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