Al costado del camino

Al costado del camino

Por Valeria Kozaczek

Estudiante de Ciencias de la Comunicación de la (UBA)

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Son las diez de la mañana, el alboroto de la ciudad quedó atrás y ahora todo es campo. En la radio dicen que julio será un mes muy frío, tal vez por eso hay pocas vacas pastando, o quizá será la escasez de ejemplares de la que acaba de hablar el periodista que venimos escuchando. Elijo creer que es la ola polar y me entretengo leyendo los carteles de la ruta que nos llevará a destino. De repente, del campo desértico va naciendo un conjunto de casas hasta que la llegada al pueblo es inminente.

San Pedro presenta dos zonas muy definidas, la parte alta en donde se encuentran el Río Arrecifes junto a los arroyos El Tala, Espinillo y Burgos; y la zona ribereña, perteneciente al Delta del Río Paraná y los riachos San Pedro y Baradero. El pueblo donde todos se conocen, es dueño de una riqueza histórica indiscutida por haber sido el escenario de la Batalla de la Vuelta de Obligado y por ser el escenario de valiosos hallazgos paleontológicos.

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Después del mediodía, casi no hay gente en las calles. Los negocios están cerrados y, aunque en invierno se produzcan frecuentes invasiones de masas de aire continental, ésta no es la razón de tanta serenidad. Más tarde me contarán que en el pueblo todavía se conserva una costumbre que muchos creen en peligro de extinción: la siesta. Los negocios no abren, sencillamente, porque los clientes no aparecen hasta pasadas las cinco de la tarde. Hasta entonces, la ciudad parece un pueblo fantasma .En medio de tanta quietud, no es difícil distinguir el punto de llegada, es la única casa en donde hay gente en la puerta.

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La casa –un oasis de calidez en medio de tanto frío– ocupa toda una esquina, donde alguna vez hubo una especie de pulpería o tal vez un viejo almacén. Las paredes son de adobe con ladrillo a la vista y hoy sólo ocupa una mínima parte del terreno que solía abarcar hace 150 años. Las tierras, pertenecientes a los primeros dueños, se extendían hasta las orillas del río. Sin embargo, se fueron perdiendo a causa de la mala administración. Gloria, su hermana Laura y su sobrina María son las únicas que viven en tremendo caserón.

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Entrar a esa casa es viajar en el tiempo. Las puertas son de madera gruesa y alargadas. En la pared permanece colgada –como un trofeo– la antigua llave, de hierro oxidado y extremadamente grande en comparación con las que estamos acostumbrados a utilizar hoy. Las ventanas también son alargadas, con barrotes de hierro despintado y apenas un mosquitero. El piso es de madera crujiente y hay un sótano que todavía nadie se animó a abrir.

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Ruinas de lo que alguna vez fue la Argentina en ascenso.

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A medida que el sol cede su lugar a la luna, es necesario encender las luces e inevitable recorrer la casa. La habitación principal conserva la ostentación de un tiempo irrecuperable, allí están las camas de hierro con grades espaldares, las mesitas de luz labradas y los enormes roperos de madera con espejos en su interior.

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En la segunda habitación florece la vida y el renacer constante de la adolescencia pero la tercera se derrumbó a causa de distintas tormentas de variada intensidad. La despensa está situada justo en la esquina. Conserva toda su estructura y todavía se pueden ver algunos artículos que solían venderse. Además, cubierto con un viejo mantel, hay un ropero con indumentaria que perteneció a la familia anterior, y un retrato de las antiguas dueñas de la vivienda, dos jóvenes de tez clara, mejillas rosadas y ojos almendrados. Gloria fue quien las cuidó y acompañó hasta el último día de sus vidas. A ella le regalaron la casa antes de fallecer.

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Un pedacito de historia

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Es imperdonable salir de San Pedro sin haber oído la historia de esa casa que Gloria y Laura se resisten a abandonar. Un generoso desayuno, antes de partir, resulta atractivo para escuchar uno de los tantos testimonios que el pueblo oculta tras sus paredes. Según cuentan los lugareños, hacia 1850 vivía en esa casa una familia de buena posición económica. El matrimonio tenía dos hijas, María nació primero y Rosario después.

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Quien conoce mejor la historia es Celia, la madre de Gloria y Laura. Ella cuenta que una tarde, quizá durante un paseo por la ribera, Rosario se enamoró, pero como solía ocurrir por aquel entonces, matrimonio y amor no siempre iban de la mano. Las huidas a escondidas funcionaron a la perfección las primeras veces hasta que el padre la descubrió. El encierro fue inmediato y el castigo no hubiera sido tan cruel si no fuera por un detalle rebelado en el seno familiar. Rosario estaba embarazada.

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Según cuenta Celia, Rosario fue condenada a permanecer en el chiquero de la granja familiar de por vida. Allí se alimentó, pasó los nueve meses de gestación y parió a su hijo que luego le fue arrancado de los brazos y criado por familiares de otro pueblo. Nunca más volvieron a ver a Rosario hasta el día en que el padre de familia falleció.

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— Tras la noticia, la casa se llenó de gente y entre los visitantes estaba el niño, devenido en hombre, que alguna vez le había sido arrebatado —dice Celia en su esfuerzo por no olvidar ni un detalle y continúa—. Una tarde, el chico había salido a cabalgar y así había llegado al chiquero, le pareció ver algo extraño, se acercó y distinguió a Rosario. Esa misma tarde se enteraría que esa extraña mujer era su madre.

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Laura cuenta que de ahí en más la vida de Rosario cambió radicalmente. El chico ordenó sacarla del chiquero y se empeñó en cuidarla por el resto de su vida. Sin embargo, la muerte repentina de ese hijo que sólo había podido disfrutar unos pocos años la volvería a dejar al borde de la locura. Finalmente, las dos hermanas se quedaron viviendo en la casa en la que habían nacido, allí envejecieron y se murieron prácticamente juntas.

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Solo restan unas pocas horas para disfrutar de la brisa que proviene del Paraná antes de emprender la retirada. Nos despedimos mientras la vecina aumenta el volumen de lo que parece ser una chacarera. Son las diez de la mañana, San Pedro quedó atrás y ahora todo es campo.

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1 respuesta a Al costado del camino

  1. carlosvonz dijo:

    Bienvenida Valeria al arcon del recuerdo.
    Muy buena tu cronica de viaje .
    Felicitaciones y con gusto espero alguna nueva nota.
    Gracias
    Carlos.
    Editor

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