De la mano de Nidia

De la mano de Nidia

Por: Nidia Mai y Carlos von Zedtwitz

reeditado

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En el mes de Marzo de 1947, desde Elordi, llega para radicarse en Morón, la familia Mai.

Don Héctor, Estella, Osvaldo, Miriam y Nidia de 14 años.

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Tres meses más tarde la familia von Zedtwitz., Ernesto, Irene, Rodolfo y Carlos de 5 años.

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Nuestra primera casa estaba ubicada en la Calle Carlos Pellegrini, mis padres la habían comprado por medio de una inmobiliaria llamada Carlos Primo Pipino. ( Aun continúan en morón sus descendientes).

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Para ese entonces yo tenia 5 años, a los 15 días Pipino el ofrece a mi padre otra casa, un lindo chalet en la calle Larrea 331, para nosotros era imposible hacer esa operación, pero el vendió a buen precio la primera y por la diferencia facilito un préstamo sin garantía que pudieron pagar cómodamente, mas que un martillero, fue un amigo de la familia.

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Esta fue la última casa que habitamos en la ciudad de Morón, en la cual vivimos desde 1947 hasta 1957.

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A la distancia, esa distancia que medimos en tiempo nos acercaremos con Nidia al barrio de nuestra infancia.

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Ahora ingresaré con ella, como si lo estuviera haciendo en el año 1947.

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Nidia me toma de la mano y caminamos desde la estación de Morón, por la calle Azul., volvemos de la calesita, la calesita del tano, frente a la estación del lado norte.

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Hacia unos años que Nino había reemplazado al caballo, ese fiel caballo resignado, con la cabeza tapada para no marearse o asustarse, ¡ que se yo ¡ por un motor eléctrico, al que muchas veces había que ayudarlo empujando la calesita hasta que tomara velocidad.

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Habíamos dado dos vueltas, más una de yapa por haber sacar la sortija., doblamos en Larrea, y la primera casa que vemos sobre la derecha, es la suya que corresponde al número 307, con otra entrada por el 311.

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Continuamos caminando, tocamos el timbre en el 331, Nidia espera, la puerta se abre y es mi madre quien me recibe, Nidia se aleja regresando a su Hogar.

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Eran tiempos mas seguros pero las costumbres, otras, ningún niño era descuidado., si bien la vereda y la calle eran nuestros lugares de juegos.

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Mi Casa:

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Jardín al frente, parecita baja de piedra tipo mar del plata, madera pintada de blanco entre el pilar de la luz y el pilar de sostén de la puertita de entrada.

La casa, frente de ladrillo a la vista, pintado con aceite de lino y barniz.

La puerta principal de madera pintada de blanco, ventana de habitación vista al frente, a la derecha portón y garaje para el auto, que aun no teníamos.

Techo de Teja francesa a dos aguas.

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Ahora ingreso a la casa, cierro los ojos y revivo cada detalle de ella, en la cual vivimos durante diez años  muy felices.

A  mi izquierda, un espejo de pared y una mesita de mármol con pie de hierro forjado.

Un gran comedor con ventana al fondo que permitía mirar el jardín de atrás.

Otra ventana más pequeña hacia la derecha que daba al pasillo lindante con la casa vecina, separada por un cerco de alambre.

Un Piano de cola, ese piano que se toco poco tiempo, ese piano que fue vendido, ese piano que se escucho solo hasta el 31 de diciembre de 1956.

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Puerta lateral que llevaba a la cocina, la cual con el tiempo fue trasladada por el albañil Antonio al patio cubierto de atrás.

Al fondo una piecita, con un baño sin inodoro, tipo letrina, con un deposito de agua sistema campana y que funcionaba con el sistema que llamamos “ La Cadena”

En el interior, a la izquierda del comedor, una estufa a leña, luego una pasillo pequeño de transito que intercomunicaba, hacia el frente con el baño, y a cada lado las habitaciones, a la izquierda la mía y de mi hermano, hacia la derecha la de mis padres.

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En el techo del pasillo, levantando un panel aparecía un hueco entre las tejas y el cielo raso que se utilizaba para esconder las pocas cosas de valor de mi familia.

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Saliendo de la cocina el pasillo llevaba al garaje, mi tío Andrés, el carpintero había hecho un entrepiso con tirantes y machimbre de varias pulgadas, lugar para guardar cachivaches y jugar por las tardes.

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La botella de leche, en la cual mi madre guardaba las monedas y algún billetito, su caja de ahorros que más de una vez ayudó a llegar a fin de mes., o a pagar la cuota de todo lo que ella como buena hija de tanos compraba en cómodas cuotitas mensuales, para armar la casa.

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Otra vez el timbre, perdón, detallando mi casa se me paso la hora.

¿Quién llama ahora?

Es Nidia que me viene a buscar para recorrer el barrio., distinto al de hoy pero idéntico en el recuerdo y sentimiento nuestro.

Regresamos a Larrea 311 y ahora es Nidia quien describe su casa., esa casa que habían podido alquilar a un precio accesible a sus posibilidades.

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Jardín al frente, comedor, dos dormitorios, un amplio baño, y la cocina, no tan grande pero muy cómoda.

Una Cocina económica que les había regalado el señor Podestá, dueño del restaurante y fiambreria ubicado en Rivadavia y Pueyrredon de once.

Un pequeño patio que comunicaba con la cocina, un baño de servicio, escalera y arriba una piecita de servicio en la cual vivió mi hermano Osvaldo hasta su casamiento.

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Mi padre era director del Diario el Cóndor, mi hermana Miriam estudiaba taquigrafía y dactilografía, o sea algo así como un secretariado comercial.

Osvaldo trabajaba en un Kiosco muy bien ubicado, pegado a la barrera de Morón, lado norte, luego entró en sociedad y con el tiempo adquirió a Don Pascual la totalidad del mismo.

Yo le ayudaba y de paso ganaba un pequeño sueldo que contribuía para mis gastos.

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—-“ Un sobrino de la familia von Zedtwitz llegó desde la Estancia La Maria Elisa para estudiar en Buenos Aires, ¡ que lindo pibe” ¿ sabes un secreto? No se lo cuentes a nadie carlitos:

Yo  me enamore locamente de tu primo Cacho, el ni se dio cuenta de ese amor, ese amor que no se confiesa, ese amor que se oculta hasta cuando llega la noche y se comparte el secreto con la almohada mojada por el llanto.

Seguramente no era para mi, así como llego, se fue, y nunca lo supo”

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——¿te acuerdas del verano del 57?, que veranito, un 29 de enero 43.3 grados de calor, debimos quedarnos hasta la noche sin salir, mi madre me refrescaba a cada rato.

Pocos días después, en febrero perdí a mi abuelita y vos a la tuya.

Recuerdo los bailes, en el club en Castelar, el regreso temprano siempre acompañada de una amiga mayor.

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El verdín de la esquina y las patinadas y accidentes de la gente.

Una multitud de obreros caminando por Azul para ir a la cantábrica, las camionetas ford de los funcionarios.

El fiado del almacenero, la libreta negra de hule, el medico gordo que no entraba en su topolino, las piedras que un querubín travieso ponía en la vías del tren.

Lindos momentos, linda vida, bueno, ahora todo es historia, todo es recuerdo, pero recuerdo lindo, recuerdo de amor, de trabajo, de vecinos, de amigos, de familia.

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Te recuerdo a vos, chiquitín caprichoso, ese noche que te invitó mi mama a dormir en casa, te viniste con tu almohada y tus ositos, luego de cenar cuando yo lavaba los platos, me llamabas para que te lleve la leche a la cama, ni te imaginas la alegría que eso me daba., bueno pero igual te quería.

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Salimos de mi casa continuando por la misma vereda de los números impares, nos encontramos con un chalet de dos plantas de la familia Iribarren, matrimonio con un hijo Horacio y la Abuela.

Lindante con la casa de Carlos, vivía otra familia  los Goldstein, esta familia estaba compuesta por Don José, señora Lidia y sus dos hijos Dardo y Jorge.

Que niños mas traviesos,  Lidia no sabia que hacer con ellos., la volvían  loca.

Cuando regresaba don José de trabajar en su peletería de la calle Gascon en Almagro, Lidia la esperaba con todas las novedades de “sus dulces” como les decía.

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Durante el día silencio hasta que la madre descubría la maldad cotidiana y allí comenzaban las corridas por todo el fondo de la casa.

Don José ponía un manto de paz y volvía la tranquilidad de los niños.

La peor travesura que recuerdo fue una siesta cundo Dardo y Jorge jugaron un partido de football, como no tenían pelota, pateaban a las gallinas.

Ni se imaginan cuando Lidia escucho gritar a las pobres gallinas, penitencia por una semana para la peste de niños.

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Mas adelante la familia Contardi, matrimonio con dos hijas Alicia Marta.,¡ que linda y delicada era Alicia.

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Otra casa, la de unos viejitos, luego la casa del carnicero, con su hijo Bachi, y en la esquina el Almacén de Vicente Palazzo.

En la vereda de numeración par, un chalet que fue construido después, allí vivía la familia Moyano, comerciantes de Morón, tenían una ferretería muy grande, la mas surtida, estaba en sociedad y se llamaba Amato y Moyano.

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Le seguía una casa de dos plantas propiedad de una familia Italiana, el constructor, se apellidaba Cervini, esposa, una hija y un hijo Roberto.

Varios terrenos baldíos que pertenecieron al Prado Español un lugar de fiestas para la colectividad Española, al fondo solo quedaba algo de la primitiva vivienda ocupada por una familia de apellido Chueco., uno de ellos fue boxeador en el Boxing club de Morón.

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Ahora continúa  Carlos recordando los juegos de los chicos del barrio.

Las barritas, y me refiero a la de aquellos tiempos, se constituían en relación con las edades, si eras mas chico que los otros, ese grupo no te permitía jugar con ellos, estorbabas y no te adaptabas al grupo.

Por eso las barritas se formaban con chicos con diferencia de pocos años entre ellos, claro si no quedaba otra te aceptaban.

Yo como era el más chico, solo entraba si tenía el consentimiento de algún otro amigo, o con la influencia de mi hermano que me avalaba.

Las niñas jugaban con las niñas, si bien en la vereda ellas observaban nuestros juegos y comentaban en voz baja nuestras travesuras, cada uno quería destacarse en lo que hacia para ser bien visto por la tribuna femenina.

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Clases para avivar:

Había un chico que era el mayor, ese nos reunía en la esquina, todos nos sentábamos en el cordón, tomaba la palabra como un profesor en su aula, y comenzaba la clase para “avivarnos”

La clase consistía en información sobre el cuerpo humano, anatomía, sus partes y funcionamiento de ellas, la relación con las mujeres, y muchos secretos más del sexo.

Nos decía que hablaba por su experiencia, seguramente si la tuvo era la primera un única.

Como yo era chico, no calificaba para ingresar al curso, y siempre me echaban, entonces debía recurrir a algún alumno amigo quien me contaba sobre las clases y las materias tratadas, era algo así como un apoyo escolar, de segunda mano.

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Carritos de Rulemanes.

En esta actividad fui habilitado, esto debido a que mi hermano conocía un taller mecánico vecino que nos regalaba los rulemanes que cambiaban a los autos o camiones.

Hacíamos carritos de madera con un eje central móvil, que tenia un bulon en el medio que permitía mover el tren delantero.

En cada extremo una soguita para controlar la dirección.

Un asiento precario hecho con una tabla.

Los rulemanes se calzaban a cada extremo rebajando a cuchillo los ejes de madera.

La calle Azul tenia una pendiente de dos cuadras, pero al ser de mucho transito, allí solo iban los mas grandes y en horarios de poco movimiento.

El resto andaba por la calle Larrea, nos turnábamos para empujar al compañero, una vez cada uno conducía.

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“ EL Huevo “

En la esquina de Azul, a una cuadra de Larrea en dirección a la Cantábrica, había un chalet muy lindo.

La barrita había encontrado en la basura una caja conteniendo huevos podridos.

El jefe de la barra decidió darle uso de ellos proponiendo tirandolos  en la ventana de madera del chalet.

Elegimos la hora de la siesta, observamos, todo tranquilo, elegimos la ventana, el jefe da la orden…………¡ apunten, fuego ¡ tres huevazos y salimos corriendo.

Lo que no sabíamos, ni tampoco el chico que nos hacia de campana, era que el dueño de la casa estaba mirando el operativo, salio detrás nuestro y nos corrió, nos refugiamos entre un montón de ramas de poda que se juntaba en una esquina, como yo era el mas lento fui el primero en ser capturado por el enfurecido vecino, al ver esto el resto de la barrita salio de entre las ramas y se entregó.

Nos llevo medio arrastrando hasta su casa y nos puso a todos a lavar y limpiar la ventana.

Creo que fue una buena lección, a partir de allí a ese señor le quedo el sobrenombre de Huevo.

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Las pistas de carrera.

Dibujábamos con tiza sobre la calle de cemento el circuito, luego cada uno armaba su autito de plástico o metal, dejábamos solamente una rueda delantera centrada en el eje, y rellenábamos con masilla el interior del chasis, en muchos casos colocábamos una tuerca para darle peso.

Las reglas del juego eran muy estrictas, no chocar, no salir de la línea, no volcar, respetar el turno de tirada.

Cada infracción tenía una sanción para el auto interviniente.

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Los bulones explosivos.

Era la época del clorato de potasio y azufre, nos dividíamos, unos compraban en una farmacia azufre, y en la otra el clorato de potasio, ya que los farmacéuticos sabían que haríamos una mezcla explosiva muy peligrosa y se negaban a vender ambos componentes.

Los más conocedores creo que agregaban carbón en polvo.

Una vez que conseguíamos los bulones con las tuercas limpiábamos la rosca para que el recorrido de la tuerca fuera suave.

Preparábamos la mezcla con mucho cuidado, desenroscábamos la tuerca el hueco lo llenábamos con la pólvora preparada, quitábamos el excedente y suavemente enroscábamos con mucho cuidado sin llegar a apretar.

¡Al aire el bulon, rápidamente alejarse¡ Ganador el que producía la mejor explosión.

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Tocar el timbre y salir corriendo era muy trillado, ya que los vecinos sabían de que se trataba, entonces modificamos el sistema, debía ser algo que obligara al vecino a salir.

Sobre el botón del timbre, colocábamos una cinta aisladora que lo mantenía apretado y sonando, si no resultaba, buscábamos una rama fina y larga que hacia palanca contra el botón del timbre y tope en la baldosa vainilla de la vereda, esto era efectivo pero llevaba más tiempo de proceso.

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Con el tiempo, fuimos creciendo estas travesuras se convirtieron en otro tipo de juegos mas civilizados, jugar a la paleta en la calle, patinar con los antiguos patines metálicos de ruedas de metal, andar en bicicleta, partidos de football en la canchita el triangulo, llamada así por la forma del terreno.

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Jugar al carnaval mojándonos de lo lindo., ya para esta época era aceptada la participación de las damas, ellas siempre tenían una excusas femeninas para que no las mojáramos, a algunas les perdonábamos de la ducha ya que salía la mama a avalar lo dicho por la niña.

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Hasta los mayores se prendían al juego.

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“ El cuento de la Tía” de los años 50.”

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Una tarde tocan el timbre en mi casa, atiende mi madre, yo escuchaba con atención el dialogo de la señora que estaba en la puerta:

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—“ Buenas tardes, yo soy Pilar, he llegado desde España en barco y estoy vendiendo ropa fina que traje de España., ¿ puedo pasar y mostrarle las prendas?, (su acento certificaba lo dicho.)

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—-“ Si señora pase.

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¡ Que tiempos no ¡ ¡dejar entrar a un desconocido.¡

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La señora abría una gran valija sacando de todo, parecía la galera del mago, vestidos, polleras, ropa interior, pantalones, perfumes y mil artículos más.

Mi madre se entusiasmo y llamó a otras vecinas que hicieron importantes compras, la vendedora vendió en el barrio toda su mercancía., dijo que no regresaría a Morón dentro de tres meses ya que su barco zarpaba en pocos días más.

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Todos nos pusimos las ropas nuevas, esperando a mi padre a su regreso del trabajo para mostrarle las compras, había un detalle, mi madre caminaba y la pollera se le iba alargando y alargando, luego la acorto, pero lo mismo se alargaba.

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Mi ropa interior se aflojo y al lavar las prendas median el doble., las medias me llegaron hasta la rodilla, todo terminó en trapo.

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Con el tiempo mi padre compro su primer auto, ese auto que con mi hermano sacábamos del garaje empujándolo cuando no había nadie en casa, luego darle arranque y de nuevo a su lugar.

Lo que no sabíamos era que la madre de Nidia había observado el movimiento y nos mando al frente.

Opel Capitán, ¿que habrá sido de vos?

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Así, con felicidad, inocencia, juegos, sana amistad, vecinos de visita, visitas a vecinos, La abuela que nos visitaba cada semana, fideos amasados por la tana, pizzas riquísimas, comidas caseras. Amor, familia, presupuesto muy ajustado pero armonía.

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Reuniones en la vereda, noches de estrellas perfumes del barrio, cuando el viento soplaba del oeste, nos llegaba el aroma de la fabrica de caramelos Mu Mu.

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Ese 31 de diciembre de 1956 estaba toda la familia mirando el avance de la cocción del asado sobre la parilla, su olor que anunciaba que pronto estaría la cena, la cena de fin de año.

El teatro infantil, representado por  mi hermano primos y amigos, disfraces, la imitación de Blanquita Amaro, risas, aplausos, luego a pedido de todos, mi hermano toca el piano,  eran sus primeras interpretaciones en publico.

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Morón, adiós, amigos, vecinos, barrio, juegos.

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La casa de Larrea 331 se vendió,  en marzo de 1957, nos fuimos vivir a San Rafael, Mendoza.

Otra vez suena el timbre en la casa de Larrea 331 de Morón.

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¿ Quien es ahora?.

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—-“ Soy Nidia

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—–¿ “para que llamas ahora”?

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——-“ Es hora de regresar”

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——-“¿ adonde”?

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—-“ a nuestro tiempo actual, yo a mi casa de Haedo, y vos a la capital”, yo a pensar en mi Mama, Estella y en Osvaldo, vos a seguir escribiendo, gracias por este paseo”.

——-“ gracias a vos Nidia Mai por tu compañía”

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Me toma de la mano y nos alejamos, volvemos por la calle Azul, esa que cambio varias veces de nombre., luego en la estación de Morón, subimos al Sarmiento, hoy TBA, el tren se aleja, solo pasaron, o apenas pasaron 63 años.

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fotos:

Dardo, Carlos y el Pontiac

Alicia y Norma en Larrea 331 Moron

Daniel atajando en la calle

Chicas del barrio y Carlos

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6 respuestas a De la mano de Nidia

  1. carlosvonz dijo:

    Maria de las Mercedes, realmente le agradezco su sincera opinion.
    Humildemente le confieso que estoy muy lejos de ser escritor, solamente me titulo » narrador » de momentos de la vida.
    Lo que si hago, es tomar la punta del hilo de mis recuerdos y alli, tirando, va saliendo toda la historia.
    A la cual le dedico todo mi esfuerzo, que no es mucho, ya que el amor por lo vivido hace el resto.
    Mil gracias.
    Carlos

  2. Maria de las Mercedes dijo:

    Carlos¡¡Excelente!! ¡¡Felicitaciones!!!¡¡Merece ser editado con ilustraciones en un libro!!
    Son las primeras palabras que me surgen, para el autor de este texto.
    Excelente organización de la temática propuesta . Excelente método descriptivo, Excelente introducción en la escena, de los actores que participan y desarrollan el relato.
    Cumple con los tres tiempos necesarios, en toda construcción literaria. Inicio, desarrollo y final. En forma clara y precisa. Sin excesos ni vanidades.
    El lector queda cautivo, desde las primeras palabras escritas, hasta alcanzar las últimas. En una suerte, de estar asistiendo en vivo al relato, directo desde la vereda, conociendo a cada persona citada por el autor. Introduciéndose en cada una de las casas, pasando por los diferentes ambientes, apreciando el aroma a leña, la figura de la madre y su apreciada botella de leche. Hasta es posible, oír el cacarear de las gallinas, patinar con el verdín, estornudar con las ramas de la poda, pisarse la tela de la pollera que se estiraba con el tiempo, como uno de tantos productos ofrecidos en venta, casa por casa por «la viajera».
    Imaginarse a Nidia susurrando confesiones. Reconocer el trazado de la tiza. Imperdible, las clases para avivar, el carrito de rulemanes, los bulones explosivos. Las pastas de la abuela, los caramelos de leche, el humito tentador del asado. Todas esas lindas relaciones, entre hermanos, familias, vecinos, donde el amor, la inocencia, la sana amistad estuvieron presentes y el enorme caudal de riqueza que les dejo a uds como acopio para el futuro . Todo ello Recreado inteligentemente por la pluma del autor. Que sea verídico lo hizo más interesante.

    ¡¡Sentí Un Enorme placer recorriendo cada línea que escribiste!!

    Mi cariño

    M.M.

  3. carlosvonz dijo:

    Roberto, cuantos lindos recuerdos de mi barrio en moron.
    Jugar en la calle, sin temores, hasta la hora de tomar la leche, y luego un rato mas antes de que caiga la noche.
    Pero, primero los deberes, luego a jugar.
    Te acordas de los bulones explosivos? cuanto clorato de potasio y azufre.
    Las lindas chicas del barrio, recuerdo a los contardi, con sus dos hijas Alicia y Marta, si no me equivoco.
    Normita, la de enfrente.
    Horacio Iribarren, Los Moyano, el almacen de la esquina.
    Las patinadas en el verdín., las camionetas que iban a la Cantabrica, esas con madera en el exterior de las puertas.
    ¿ Y de la canchita el triangulo??,
    Contate algo seguramente vos tenes muchos mas recuerdos.
    Un abrazo
    Carlos.
    PD, las fotos de tu casa las tengo en CD, debo buscarlas, recuerda que al borrarse la pagina se perdio todo.
    Pero las fotos no.

  4. Roberto Bernabé dijo:

    Carlos y Nidia, que recuerdos de mi barrio, sabes Carlos que alguna vez publicastes las fotos de la que fue mi casa en Azul 730, luego Jose Ingenieros, luego Perez AiÇaguer, y no se como se llamara ahora, que a pesar de no habernos conocido de pibes, lo que contas lo vivi de la misma forma, me parece que fue ayer cuando nos largabamos en la bajada de azul con el carrito a rulemanes, y creo que en las carreras de autitos por la pista que pintabamos en la calle, una vez nos juntamos mas de 30 corredores del barrio, algunos les haciamos tantas modificaciones de ese pedacito de plastico con rueditas que los Oreste Berta se hubieran quedado asombrados, gracias por tan lindos recuerdos, saludos enormes a ambos, y a ver si contas otra pilleria, porque estoy seguro que alguna maso. habras ech

  5. carlosvonz dijo:

    Gracias Nidia por recordarme que habia quedado perdido este cuento que hicimos los dos tomando como libreto nuestra propia vida.
    Carlos

  6. carlosvonz dijo:

    2 comentarios en “De la mano de Nidia.”

    1. miguelita dijo:

    3 Setiembre, 2009 a las 17:58 pm

    Señora Autora de la nota, Nidia y Señor Carlos.
    Una vez mas seré sincera con ustedes, y les comentare mi experiencia de lectora de esta publicación llamada de la mano de Nidia.
    Al ver la foto ( por cierto muy linda joven) de portada no imaginaba ni remotamente el contenido de la publicación.
    Comencé a leer rápidamente, diríamos que muy por arriba, mas de una vez intenté dejar la lectura, pero la frase siguiente me atrapaba, y así seguí hasta el final, al ver las fotos, volví a leer por segunda vez, esta, lo hice mas detenidamente y ordenando los tiempos del relato y el porque de cada situación.
    Deje pasar un rato, y leí por tercera vez, dicen que una música, o canción, o libro, realmente gusta cuando recién en la tercera vez que las escuchas, o lees, te atrapa.
    Esto me sucedió con la lectura de la nota “de la mano de Nidia”
    Allí fue cuando me metí de lleno, fue como si ustedes me llevaran a mi, también de la mano a visitar ese barrio, esas personas, todas seguramente hoy muy mayores o que ya no están.
    Yo no tuve la suerte de tener esos juegos infantiles tan lindos, pero no me quejo.
    Debí enfrentar la vida de muy chica.
    Ustedes no se que grado de amistad tienen o tendrían, pero de algo estoy segura, se quisieron como amigos, hermanos o como lo que fueran.
    Han pasado muchos años, pero por lo visto ambos están allí, en el barrio y en sus bellos recuerdos.
    Esta historia tiene un fin muy doloroso, un fin no merecido, pero así es la vida, muchas veces cuestionamos a dios por lo que nos quita.
    No se en este caso cual fue el motivo, pero seguramente ese joven que se fue, el hermano de Carlos, estará viendo desde allá, donde este a su hermano que lo recuerda y se revela ante este hecho tan lamentable.
    Bueno ahora lo mas alegre, que lindos juegos, que travesuras, que niños revoltosos, me gusto mucho lo de los hermanitos pestes Dardo y Jorge, pobre madre, pobres gallinas.
    Una vez más agradezco a ustedes haberme permitido retroceder en el tiempo, para saber que la felicidad debe vivirse en su momento, no dejar pasar la alegría.
    Felicitaciones y hasta pronto
    Miguelita.

    2. romero.sergio dijo:

    5 Setiembre, 2009 a las 11:35 am

    Un lindo paseo por el pasado, relatado con lujo de detalles, mucha memoria, y sentimientos diversos.
    Como cambian las costumbres y los barrios, seguro que hoy no podrian jugar en las calles, una verdadera perdida.
    Bravo Nidia.
    Sergio

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