Dia del Maestro

Dia del Maestro

Un tesoro en el Paraje Santa Ines

 

Santa Inés se encuentra en el noroeste bonaerense, a 13 kilómetros de Carlos Tejedor. Originalmente, ambos pueblos estaban unidos por el ferrocarril Sarmiento, que dio vida a la estación.

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Alla por el 1900 y con la llegada del tren, cientos de trabajadores rurales con sus familias apostaron a la pujante localidad, que contaba con el infaltable almacén de ramos generales, destacamento policial, una escuela y la iglesia, que pronto se convirtió en el punto de referencia.

Hoy , un camino de tierra paralelo a las vías del ferrocarril, ahora inactivas y cubiertas por el pasto, nos llevan rápidamente desde Carlos Tejedor hasta Santa Inés.

Lo primero que vemos es una capilla, que, en 1917, Doña María Inés Nazar Anchorena hizo construir para cumplir una promesa a Santa Inés.

Luego vemos la estación de ferrocarril abandonada y finalmente, a pocos metros de allí, la escuelita rural Número 15.

Todo en este pequeño paraje  es amor, trabajo, perseverancia e historia.

Pero hay algo que se destaca.,  Aqui nos encontramos con una maestra argentina, que anónimamente hace grande a nuestra querida Patria.

Quiero compartir con ustedes textualmente la nota, que -como respuesta a mis preguntas- me hizo llegar su directora, la señora María Rosa Biggi.

“ Carlos, aquí van las respuestas, espero que sirvan para que usted logre armar el relato de su paso por nuestros pagos.
La escuelita rural se llama Escuela Nº 15 “Almafuerte” Paraje Santa Inés. Yo trabajo allí desde el 5 de marzo del 2004. Tomé el cargo como maestra de grado a cargo de Dirección, hasta que en abril se llamó a rendir concurso de directores, me presenté a rendir, y salí primera en orden de méritos. Así me dieron la posibilidad de elegir una escuela.

 

 

Había varias vacantes, pero decidí quedarme aquí, en Santa Inés.

A partir de ese momento, con el cargo de directora de tercera, al llegar en el año 2004 la ley de continuidad, sigo hasta el momento en ese lugar, por varias razones:

Cuando era niña concurrí a esa escuelita como alumna, allá por el año 1981 y 1982. Mi padre era empleado rural de esa zona y me mandaron a esa escuela. Mis maestras en esa época fueron Ana María Ruiz de Lopumo y luego, María Isabel Villafañe, ambas de Carlos Tejedor.
Allí mi vida tuvo varias alegrías y tristezas. En la escuela se juntaban cosas para enviar a las Islas Malvinas, para los soldados. Yo por las inasistencias que tenía repetí el año, no porque no sabía, sino por el sólo hecho de tener que trasladarme con mis hermanitos pequeños a vivir por un tiempo a Colonia Seré, a 15 kilómetros.
La alegría fue que mi padre me consiguió una bici para poder llegar a la escuela, entonces no debí caminar más para ir todos los días.

Sí, en las escuelitas rurales, somos directoras y maestras de grado. En este momento, yo soy maestra de 1º a 6º año. Hasta el año 2004, atendí en esa escuelita de 1º a 7º año, al cambiar y pasar a ser 7º 8º 9º año 3º ciclo (lo que ahora se llama Secundaria Básica).

Las escuelas rurales comenzamos a dar sólo hasta 6º año. En estos años he tenido siempre alumnos en todos los años, de 1º a 6º, allí van nenes de 6 a 12 años en este momento, tengo siete chicos, 2 de 1º, 1 de 2º , 1 de 3º, 1 de 4º y 2 de 6º año, todos hijos de empleados rurales, cuatro de ellos son hermanitos.
En nuestra escuela se da una merienda completa, preparada por nosotras todos los días, (nos turnamos para hacerlo con la docente de jardín) y limpiamos la escuela, a veces contamos con la ayuda de las mamás. Otras veces que ellas no pueden ir por problemas personales, lo hacemos nosotras solas extra escolar e incluso los fines de semana porque a veces son tantas las cosas que hay que hacer, que no hacemos a tiempo y lo dejamos para los sábados o domingos.

Yo voy a dedo. Dos veces por semana, me voy en un micro municipal que traslada gente a Colonia Seré (vienen para realizar trámites, compras, etc.) y vuelven al rato, entonces lo espero en la plaza y me voy en el colectivo, siempre que esté lindo el día o que el micro no esté roto o tenga algún otro problema.
La distancia que recorro es de 16 kilómetros. Si está lindo, es muy transitado. Voy como sea: en camiones, colectivo, autos. La cuestión es llegar a trabajar a horario. Salgo con mucho tiempo de anticipación.

Luego de pasar por lugares como Consejo Escolar para retirar correspondencia o hacer mandados para llevar algo para la escuela, me voy caminando para llegar a la bajada. Me quedan 3 kilómetros y medio. Me paro ahí para hacer dedo que siempre pasa gente.

Las necesidades de una escuela son muchas siempre. No contamos con teléfono, no tenemos computadoras, hay pocos libros (los que hay son muy viejos y no nos sirven para lo que debemos enseñar hoy), juegos didácticos y juegos de patio.
Por eso, uno forma parte de su familia. Aquí es todo una familia. Los chicos no tienen problemas de conductas, los padres nos respetan mucho, nos ayudan. Aquí no se grita, no se reta, no tengo que hacerlo, no tenemos ningún motivo.
Ellos son nuestros hijos, aunque siempre tengo en claro que mi función es enseñar. Pero me queda tiempo para hacer de mamá de mis chiquitos, ellos se lo merecen.

Nadie podría entender lo que se siente al dar clases en una escuela de campo. Cuando lo hacemos de vocación, son muchas las alegrías: reímos y jugamos juntos en el recreo.

Las distancias que recorren los nenes hasta aquí son de entre 1000 y 6000 metros. Algunos llegan caminando, en moto, a caballo y en bici.

Mi hija queda al cuidado de mi suegra todos los días, ya que nosotros no estamos y no podemos viajar a dedo con ella para llevarla. Por eso, decidimos tener una sola hija. Es que desde que nació estuvo siempre al cuidado de algún familiar hasta que llegáramos de trabajar, y a veces no regresábamos por las lluvias y los caminos cortados.

Bueno, Santa Inés y Colonia Seré, son mis lugares de crecimiento. Santa Inés está hermoso, porque tenemos mucha gente viviendo en el paraje. También la Capilla está terminada adentro (falta afuera). Ya se dan misas muy seguido y se hacen muchas fiestas para recaudar fondos para poder terminarla.

Bueno, espero que haya aclarado todo lo que desea saber. Es un gusto poder hacerlo. Maria Rosa Biggi.”

Después de leer este relato, quedé sinceramente emocionado. Creo que Maria Rosa, como tantas otras mujeres de nuestra querida Argentina, merecen un homenaje.

Deseo pedir, a quien pueda hacerlo, que recuerde que en el Paraje Santa Inés, de la Provincia de Buenos Aires, hay una maestra argentina dando todo de sí para que sus alumnos tengan un futuro mejor. En nuestras manos está también hacer algo.

Gracias, María Rosa, en nombre de los ciudadanos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y de toda la Argentina.

Nota editada en Junio de 2008

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2 respuestas a Dia del Maestro

  1. jorge gabriel dijo:

    Por la pereza del tiempo
    el otoño estaba tibio,
    ya que en el Chaco, el verano
    es como dueño del sitio.

    Y a veces demora en irse
    sin importarle el destino.

    Por eso es que aquella tarde
    cuando bajó en la estación
    del lerdo tren en que vino
    su cuerpito era una brasa
    por nuestro clima encendido.

    Y se quedó en el andén
    como asustada y con frío
    por ser mucha juventud
    pa´terreno tan arisco.

    A más mujer, buenamoza
    y en pago desconocido.

    Y allí se quedó parada
    en vago mirar perdido por,
    por querer disimular
    su temor a estar tan sola
    y sin saber el camino.

    Pero al momento nomás,
    las toscas manos de un gringo,
    callosas de tanto arar
    y de pelearlo al destino
    se acercaron bondadosas
    y con ternura de niño
    le dieron la bienvenida
    en nombre de la escuelita
    que hace mucho la esperaba
    triste en el medio del monte
    pa que alegrara a sus hijos.

    Subieron al viejo carro
    de aquel colono sufrido, y
    y comenzaron a andar
    entre una nube del polvo
    por el reseco camino.
    Cuando llegaron al rancho
    la noche ya había encendido
    sus farolitos del cielo
    y el canto triste del grillo,
    y fue por eso tal vez
    que entre las cuatro paredes
    de aquel su humilde cuartito
    una angustiosa tristeza
    entraba a clavar cuchillos
    como queriendo matar
    esa noble vocación
    que en su pecho había nacido.

    Pero llegó la mañana
    y el sol con todo su brillo
    desdibujó las tinieblas
    que habían querido torcer
    las huellas de su destino.

    Y aunque llorando por dentro
    masticando soledad
    en aquel lejano sitio
    puso firmeza en el paso
    y fue a buscar el amor
    de aquel puñado de niños
    que hace mucho la esperaba
    en la escuelita de campo
    clavada en pampa del indio.

    Y desde entonces su vida
    se hizo horcón de guayacán
    se hizo paredes de adobe
    se hizo terrón para el quincho
    y armó con todos sus años
    aquel rancho para el alma
    con un letrero invisible
    que decía en letras de amor
    «Aquí hay saber y cariño».

    Y fueron 30 los años
    y fueron muchos los niños
    que luego se hicieron hombres
    y mandaron a sus hijos.

    Ella, ella no pudo tenerlos
    porque la flor de su vida
    se marchitó entre los montes
    y nunca llegó el amor
    a golpear en la ventana
    de su rancho de cariño.

    La escuela, la escuela
    le había pedido
    hasta ese sacrificio
    que se quedase soltera
    porque precisaba intacto
    todo el amor que tuviera
    para entregarlo a los chicos.

    Y en eso, en eso de darlo todo,
    un tibio día recibió
    en una nota oficial
    algo que la estremeció:
    después de mucho esperar
    el concejo le anunciaba
    que había sido jubilada
    en premio por su labor.

    ¿Era premio o era castigo?
    Mil veces se preguntó.

    No se vaya señorita,
    quédese a vivir aquí,
    si nosotros la queremos
    por qué se tiene que ir.

    Esas voces y unas manos
    que se agitaban sin ruido
    fueron únicos testigos
    de aquella amarga partida.

    Ella entraba en el olvido
    allí dejaba sus años
    allí dejaba su vida.
    La polvareda del sulky
    y manitos color tierra
    fueron su único homenaje
    en aquella despedida.

    ¡Adiós señorita Rosa!
    ¡Adiós maestra de campo!
    En usted a todos les canto
    los maestros de mi tierra
    no sé si mi estrofa encierra
    y expresa lo que yo siento,
    pero tan solo pretendo
    oponer a tanto olvido
    mi simple agradecimiento,
    ya que la Patria les debe
    el más grande y merecido
    de todos los monumentos.

    Autor: Luis Landriscina
    Envia: Jorge Gabriel

  2. jorge gabriel dijo:

    Yo me anoto para dar las gracias a María Rosa Biggi, quien no lo haría si lleyera este relato, recien de recorrida lo encontré, me encantan los comentarios, y tengo muchos recuerdos de maestras principalmente rurales, me emocionan, tengo una amiga en Salta mira que estuvo acá en la Patagonia haciendo de maestra en campos donde habia niños y se acuerda de cuando ayudaba a trabajos rurales, como juntar ovejas, esquilar, señalar corderos y además enseñar a todos los niños que pudo de la región.

    En otra entrada, copiaré el poema de Luis Landriscina sobre una maestra rural en el Chaco, para que lo vean los que no lo conocen. Hasta mañana.

    Jorge Gabriel.

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