El mundo que descubrí en la Quinta

El  mundo que descubrí en la Quinta

por:   Silvana von Zedtwitz

reeditado ( 28/01/2008)

Tardes de sol, mates de leche, chicharras y tortitas de tierra. Olor a jazmines, a tierra mojada y tostadas.

La hora de la siesta y la magia que traía consigo. Los pájaros eran testigos de nuestras travesuras, no había adultos, todo valía. La pileta: el momento más ansiado. La espera después del almuerzo se hacía eterna..

Había que esperar a .hacer la digestión. y que algún adulto despertara de la siesta para custodiarnos como un fiel guardián. No había nada para hacer. Ni siquiera el kiosco que nos proveía de helados de palito, semillas de girasol y pochoclitos estaba abierto. El sol quemaba la tierra. Los pájaros aprovechaban para picotear libremente cuanta miguita se nos cayera al piso.

Los perros tirados a la sombra de un árbol amigo y algún que otro paisano se aventuraba bajo el sol con su bicicleta. Aún así, las expectativas estaban intactas. Siempre existía la posibilidad de que .de milagro. pasara el heladero o el que venía con el carrito lleno de algodón de azúcar, pochoclos y pirulines.

El sodero, con su carro tirado por dos caballos, que conociendo mi pasión por ellos, me subía de vez en cuando sobre su lomo o me dejaba darles de tomar agua con la manguera en las tardes de mucho calor.

El vendedor de sandías, que con su canto nos invitaba a correr a las calles a probar un gajito. Y después, el juego con las semillas.

El tiempo pasaba y nada, sólo las chicharras se animaban a romper el silencio. ¿Qué hacer? Había que aprovechar tanta .libertad.

. Era el momento indicado para seguir cocinando las tortitas y bombones de barro y arena que habíamos dejado en el horno cuando nos llamaron a comer. Ahora sí podíamos decorarlas. El recorrido para cosechar las .frutitas. incluía un paseo por el jardín de adelante, la huerta y cuanta planta tuviera fruto u hojas coloridas. Una vez listas nuestras delicias, las vendíamos. Sino, el juego acababa ahí mismo y terminaban tiradas en algún terreno vecino.

La espera continuaba. Ocupábamos nuestro tiempo descubriendo especies de insectos escondidas debajo de alguna baldosa suelta. Era muy entretenido tocar los bichitos bolita para que se enrollaran en sí mismos y esperar a que volvieran a su posición normal.

Hacíamos barricadas con palitos y tratábamos de hacer esclavas a las hormigas, llevándonos de vez en cuando como castigo, algún dedo picado y colorado.

Pocas tardes pasábamos adentro. Excepto que la lluvia o el frío nos obligara a jugar bajo techo.

La hamaca improvisada con una soga y un palo o cubierta de coche nos mantenía bastante ocupadas. hasta que nos mareábamos. Las paletas o tirarnos de la montañita en bici o karting también eran útiles para matar el tiempo.

Cansadas de esperar, resolvíamos hacer algún ruido .sin querer. para que al fin despertaran. Y el momento llegaba.

Mi papá era uno de los primeros en levantarse. Mi mamá, agotada después de lavar y secar los platos con mi abuela, terminaba cabeceando en el sillón del living, con la novela encendida, los anteojos casi cayéndoseles de la punta de la nariz y alguna que otra revista .Selecciones. en la mano.

Se corría la cortina amarilla de la puerta trasera de la casa y aparecía mi papá, un poco enceguecido todavía por la resolana. Pálido y con el pelo mojado como un pichón recién salido del cascarón.

Nosotras nos poníamos de pie, como dos fanáticas. Listas para recibir a su ídolo.
Lo esperábamos enfundadas en nuestros chalecos flotadores de telgopor, toallas en mano, antiparras, colchonetas y cuanta cosa nos permitieran tirar en la pileta.

Había que bajar despacito por la escalera, ya que las frondosas copas de los tilos impedían que llegara suficiente sol como para calentar el agua, así que estaba casi todo el verano bastante fría. Los más valientes se tiraban de .bomba. o de cabeza sin pensarlo, como demostrando el coraje de un guerrero.

Más tarde, todo volvía a la normalidad. Aparecían mis abuelos y encaraban con gusto la tarea de vigilar nuestros juegos. Se sentía la pava silbar y llegaba mi abuela con mates calentitos y un cortado para mi papá. Mi mamá se sumaba a la charla cotidiana sobre las plantas y la lluvia, las podas e insecticidas, los tallarines o el asado del domingo mientras todos mateaban mirando con satisfacción a sus niños jugar.

Llegaba al fin otro momento ansiado. Mi papá se encerraba en la piecita y salía con la malla puesta. Desfilaba un rato por el borde de la pileta y se daba un chapuzón, que festejábamos por la .onda expansiva. que provocaba en el agua. Unos lanzamientos más y ya estaba fresquito, listo para volver a encerrarse en la piecita y salir con una malla seca.

Su retiro señalaba la hora de ponerle cloro a la pileta y salir un poco temblorosas en búsqueda del cálido abrazo del abuelo y la toalla calentita.

A cambiarse la malla e improvisar un vestido con las toallas. Ojotas y dedos arrugados por tanta pileta, corríamos a la mesa de afuera a comer sandwiches de jamón y queso y tomar un jugo de naranjas exprimido.

Despedida. Siempre con presencia de algún mayor, acompañamos a mi amiga hasta la esquina de casa y la vigilamos hasta que llega a la otra esquina donde la recibe su mamá y nos saludamos.

Mucho Off y espirales. Al llegar, ya está lista la comida en familia. Después de levantar los platos, los hombres se van a la cama con un whiskicito bajo el brazo y las mujeres nos quedamos haciendo algún partidito de cartas. A la cama. El sueño no tarda en llegar y así termina otro día de mi infancia en La Quinta. Ese lugar mágico que fue testigo de juegos, raspones, alegrías, amores y desamores.

Varios perros que nos han acompañado y cuidado de la casa, están descansando sus almas ahí, en La Quinta, donde aprendí a compartir, a crear diálogos sin palabras, a no ser miedosa de la naturaleza, a amarla y respetarla, a disfrutar de los silencios, de la soledad y a explotar mi imaginación.

Donde mi abuela me heredó el amor por los crucigramas y la lectura. Donde me enseñó a hacer rosquitas y a cuidar pichones huérfanos.

Donde me daba un pedacito de su masa mientras hacía los tallarines y yo jugaba con él en una mesita hecha especialmente para mí, mi delantal y palito de amasar. Donde mi abuelo me retó por primera y única vez al esconderme en broma, en un árbol bien alto.

O la vez en que me desafió a que patinara sobre una línea que él iba a hacer en el piso con una tiza. Hice el recorrido en forma meticulosa y cuando lo terminé, me di cuenta que me había escrito .ZONZA..

Los asados de La Quinta tenían una previa muy importante. Como la carne más bien .crudita. era mi deleite, me sentaba al lado del fuego con mi papá y él me daba bocaditos hechos con ramitas que pelaba con mucho cuidado. También me encantaba peinarlo y como siempre se le paraba el pelo atrás como una antena, sin que me viera le escupía el peine y así quedaba bien prolijito. él también me inculcó el amor por la lectura y los cuentos.

Después de la cena y mientras mi mamá lavaba los platos, muchas veces me escabullía en su pieza a escuchar cuento, siempre .de miedo., y después le pedía .uno feliz., para que no me quedara el terror de tremendas historias.

Mi mamá me inculcó el amor y el respeto por los vecinos aunque a veces me hacía sentir lo contrario. Siempre que divisaba alguna vecina charlatana a lo lejos, le decía a mi mamá: .No te quedes hablando mucho.. Obviamente, nunca lo cumplía y yo terminaba tironeándola de los dedos para que nos fuéramos porque me aburría.

Hoy soy un claro reflejo de ella, de mi papá y de mis abuelos. Y realmente me enorgullece. Lamento las veces que he renegado de ellos. Pero ese es el orden natural de las cosas y es como debe ser.

Mis hermanos a pesar de la diferencia de edad, han sido un pilar muy importante. Creo que me enseñaron a ser insistente. Hace años era demasiado chica para ellos. Ellos ya eran .grandes. y yo era una niña. Así que aprendí a jugar sola. En el fondo los admiraba. Estaba apurada por crecer. Cómo cambian las cosas, ¿no?

Todas esas cosas maravillosas pasaban en La Quinta. Los olores, los sonidos, lo que vemos, lo que sentimos, todo conforma este lugar soñado. éstos son mis recuerdos, recuerdos de la infancia más feliz, que añoro, que persigo, que recuerdo y que revivo.

Esa infancia que extraño y necesito. Todo ocurrió allí, en ese lugar mágico, en La Quinta.

A mis padres. A mi abuela que está presente en nuestros corazones. A mi abuelo que a pesar de sus achaques, sigue siendo un luchador. A mis hermanos. A mi compañera de juegos y de la vida, Lilén y a mis perros.

A La Quinta, a cada pedacito de tierra, cada plantita y cada rincón. A la magia de ese lugar, mi lugar de sueños.

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4 respuestas a El mundo que descubrí en la Quinta

  1. carlosvonz dijo:

    Los recuerdos de las vivencias de las chacras o quintas se parecen mucho. cada uno les da ese condimento para acercarlos a los lectores.
    Que bueno sería saber algo mas sobre Villa Iris. si deseas cuentanos y lo publico, con alguna fotito.
    saludos
    carlos

  2. paloma dijo:

    Realmente un salto al rincon del recuerdo y aquellas tardes de siesta en la chacra de la tia Anastasia, Villa Iris, La Pampa.

    Pedazo de tierra que le abrio sus surcos a un grupo de Alemanes del Volga y otros Gringos que venian de Luxemburgo.

    Saludos y sigamos desempolvando los estantes del altillo de los recuerdos!

    Paloma

  3. carlosvonz dijo:

    Jorgito,, gracias por tu comentario,,, las cadenas son para protegernos de los buques ingleses y franceses que querían navegar `por nuestros rios,, para vos ,,no hay cadenas,, un abrazo.
    carlos

  4. jorge gabriel dijo:

    Esta sería la tercera vez que me encantaría acariciar esta entrada de Silvana con un comentario y cuento de niños solos en su quinta porque me encanta y enternece la espontaneidad de los niños para hacer y contar las cosas, pero esperemos no se cuando me levantarán las cadenas.

    jorge gabriel

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