El último organito

El último organito

autor:  José Luis Alvarez Fermosel

El último organito de Argentina no se rinde. Des­grana sus notas lentamente, con pereza, con nostalgia, en los días azules de Lujan, a 70 kilómetros de Buenos Aires, donde están la Basílica y un museo del transporte que exhibe La Porteña, la primera locomo­tora argentina y el frágil y heroico aeroplano Plus Ultra, con sus alas casi de libélula y el fuselaje blanco.


Cherry es Hugo Damonte, el último organillero de estos pagos, que trajina su bohemia alegre a la usanza de los viejos titiriteros españoles que recorrían su país de punta a punta haciendo de todo, incluso extrayendo muelas en las verbenas… «¡sin dolor y con música!».
Cherry acciona el manubrio en la plaza lujanera y el pianito caminador, de gastada madera pintada de escar­lata, gotea una música alegre de “kermesse”. En el cercano colegio de los Maristas se materializan los versos de Antonio Machado:

“Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales…”

Dos cotorritas de un verde chillón, Juanita y Bartolo, moran en la terraza de la vieja pianola de ruedas grises -«(…) las ruedas embarradas del último organito…»-.
«¡Viva el amor!», dice Juanita con voz de loro de pirata. «iMamita!”, le responde Bartolo, entre erótico y socarrón.
– Pero, hombre, Cherry, ¿qué hace usted?
– Pues ya lo ve, le doy a la manivela, divierto a los turistas domingueros, adivino la suerte -la buena suerte- de los novios: cumplo con mi destino de musiquero.

Haciendo caso omiso de la profecía de Homero Manzi, que dijo en uno de sus tangos que «tendrá una caja blanca el último organito/ y el asma del otoño sacudirá su son», Cherry se hizo organillero en cuanto estrenó pantalones largos. Antes había lustrado zapatos en bares y plazas y vendido figuritas, fotos de artistas y maní tostado.
Cherry sonríe bajo el bigote espeso, el sombrero negro con su cinta blanca en la cabeza, la camisa blanca de manga corta. Desgrana sus recuerdos.

«Un día entró en la santería de mi padre un organillero turco. Yo me quedé duro de emoción porque ahí, con su entraña de madera y pintado de mil colores, estaba estacionado el mejor de mis sueños: un organito y una cotorrita encima que silbaba un vals…».

– ¿Y?

– Encaré al turco, que era muy simpático. Le pregunté que cómo podía conseguir cotorritas que trabajaran conmigo y dónde podía comprar un organito como el suyo. La lorita me miraba extrañada. Después de un rato gritó: «¡Viva Pepito!». Luego sacó con el pico uno de los papeles de colores que llevaba el turco en la pianola y me lo puso en las manos. Entonces comprendí que mi suerte estaba echada.

El turco le dio a Cherry la dirección de un viejo taller de reparación de organitos. Y allí se fue Cherry y allá encontró el que iba a ser el suyo, por el que pagó todo el dinero que había ahorrado durante muchos años.
«Cuatro cotorritas me esperaban en mi casa de la calle Sócrates, aquí, en Luján –rememora Cherry-. Me esperaban a mí y al organito. ¡Cuántas serenatas les di mientras las enseñaba a convertirse en las cotorritas de la suerte!».

Está ahora Cherry en Luján con sus cotorritas de la suerte que comen huevo duro y beben Coca Cola, deleitando a los turistas con los compases del tango «Mate Amargo», la marcha «Viejos Camaradas” y el fox-trot “Titina”.
(El organito de Cherry es una réplica de antiquísimas pianolas de origen alemán que los hermanos La Salvia remodelaron a finales del siglo XIX. Una de ellas fue a parar a un teatro de Buenos Aires, ya demolido por la piqueta del progreso).

Cherry acude todos los años con su organito y sus cotorritas a la fiesta de la Virgen de Itatí, en Corrientes; recorre otras provincias como Misiones, La Rioja, Santiago del Estero, Córdoba…
Ahora está en la plaza principal de la ciudadela centenaria con su organito, con Juanita y Bartolo, rodeado de parejas de novios y palomas.

fuente:  http://elcaballeroespanol.blogspot.com.ar/

http://www.youtube.com/watch?v=zR9KT1aJcTM

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