General Martín Miguel de Güemes

El Hijo de la Patria

Nuestros Gauchos – Invasiones Inglesas – La Justine –

En la invasión inglesa a Buenos Aires de 1806, fueron gauchos los que, con más arrojo que organización disciplinada, intentaron oponer sus recursos a los aguerridos batallones de las fuerzas británicas. Uno de esos gauchos levantó en ancas a Pueyrredón, cuando su caballo fue muerto en medio del combate de Perdriel.

Según escribió el historiador inglés Henry Ferns en su libro Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, los gauchos formaban una leveé en masse pero no estaban carentes de experiencia militar y su particularidad era que se trataba de jinetes por naturaleza. La experiencia militar había sido adquirida en la lucha contra el indio, ya que muchos formaban parte del regimiento de Blandengues, que cumplían funciones de guardia fronteriza y policía. Estos jinetes fueron reclutados por Pueyrredón, su superioridad numérica y su adaptación a las especificidades del ambiente los hicieron superiores a la disciplinada y bien equipada caballería de una nación europea.

El 12 de agosto de 1806, el ejército inglés, reducido a menos de mil mosquetes —en las playas de Quilmes, habían desembarcado 1635 hombres—, marchó hacía el Cabildo, cruzando la Plaza Mayor entre dos filas de milicianos criollos, donde hubo de rendir sus banderas, estrellando muchos de los vencidos con energía sus armas contra el suelo, frustrados e indignados por haber sido derrotados por aquellos “andrajosos”, “plebe frenética, que parecía asumir para sí el poder soberano”, como expresara el cronista inglés Alexander Gillespie.

En ese momento, por los arrabales septentrionales de la urbe, entraba un joven jinete con el pingo al galope tendido. Por su poncho colorado mostraba que era un gaucho salteño. Era el alférez Martín Miguel de Güemes del Regimiento “Fixo” de Buenos Aires. El gaucho Güemes, que tenía entonces 21 años, venía galopando desde la madrugada del día anterior, por el camino de postas proveniente de La Candelaria, paraje situado a 79 leguas [395 kilómetros] de Buenos Aires. Traía un despacho del virrey Sobremonte a Liniers, cumpliendo su misión en menos de  treinta horas. Al presentarse ante el comandante de la Reconquista, de quien era el edecán y su principal ayudante, apenas pudo tomar un breve respiro. Una nueva misión le aguardaba.

Los pocos barcos británicos que habían sobrevivido al temporal de la noche anterior, se acercaron al Retiro para tirar sobre ese punto y sobre todo el bajo, desde allí hasta el Fuerte. En las primeras horas de la tarde, las fuerzas criollas colocaron en batería dos piezas de 18 libras, que lograron poner fuera de combate a un pequeño barco inglés y a la sumaca La Belén de los españoles, que el almirante Sir Home Riggs Popham había capturado en el Riachuelo.

El Justine, buque mercante, artillado con 26 piezas y tripulado con más de cien soldados, oficiales y marineros, estuvo disparando casi toda la tarde sobre las fuerzas de la resistencia. Desconociendo los secretos de la navegación en el río, quedó varado por una súbita bajante a unos 400 metros de las barrancas de la Plaza de Toros en el Retiro —hoy Plaza San Martín—, lo que fue advertido por los centinelas de la batería Abascal.

Liniers envía a su edecán hacia el Retiro con un parte de guerra: “Ud., que siempre anda bien montado; galope por la orilla de la Alameda, que ha de encontrar a Pueyrredón, acampado a la altura de la batería Abascal, y comuníquele orden de avanzar soldados de caballería por la playa, hasta la mayor aproximación de aquel barco, que resta cortado de la escuadra en fuga ” La orden sólo implicaba aproximarse al buque, sin referencia a su abordaje.

Pueyrredón, al recibir el despacho, puso inmediatamente bajo el mando de Güemes la única tropa montada de que disponía: no más de treinta gauchos armados con lanzas, boleadoras, facones, sables y algunas tercerolas. Estos no trepidaron en descender la empinada barranca y zambullirse en el brumoso río. Con sus caballos metidos en el agua hasta los ijares, se lanzaron tacuara en mano en una carga asombrosa, pocas veces registrada en la historia militar: el abordaje a caballo de un buque de guerra de la marina más poderosa del mundo de aquel entonces. Los bravos paisanos alentados por el alférez salteño abordaron la nave enemiga y lograron rendir a su tripulación luego de breve y reñido combate. Los británicos, muchos de ellos artilleros y tiradores excelentes, habían sido doblegados por el estupor de ver surgir repentinamente esos centauros marinos emponchados que trepaban sobre sus amuras con una vehemencia inaudita Las aguas cruzadas por gauchos a caballo capitaneados por Güemes, ya no son más aguas, el lugar que cubrían ha sido ganado al río y hoy es tierra firme. En ese sitio se encuentra la Plaza Fuerza Aérea Argentina. Reconquistada Buenos Aires, algunos jefes y oficiales ingleses fueron confinados en Luján. Allí, Beresford y algunos de los otros prisioneros que lo acompañaban, presenciaron un partido de pato. En este caso los protagonistas fueron soldados criollos pertenecientes al regimiento de Húsares. Formados en bandos, frente a frente, el capitán Vicente Villafañe, montado en un espléndido caballo —dice Ricardo Hogg— cruzó al galope en medio de ellos y al llegar al final de las filas hizo rayar su pingo y tiró el pato por encima del hombro. El espectáculo colmó de asombro a los oficiales ingleses, uno de los cuales, el teniente coronel Pack, donó como premio un par de espuelas de plata.

A pesar de la adversa suerte de las armas, los extranjeros fueron cautivados por el hechizo de la pampa y de sus gauchos. Cuestiones que se reflejarían en la literatura británica, así los describía Sir Walter Scott

“Las vastas llanuras de Buenos Aires no están pobladas sino por cristianos salvajes, conocidos bajo el nombre de “huachos”, cuyo principal mobiliario son los cráneos de caballos, cuya única comida es la carne cruda con agua, cuya única ocupación es apresar ganado cimarrón y cuya principal diversión es montar un caballo hasta reventarlo. Lamentablemente prefirieron su independencia nacional a nuestros algodones y muselinas

12 de Agosto Reconquista de Buenos Aires

“Y a sus plantas rendido un León”. En 1806 el Imperio británico invadió Buenos Aires, tomando la ciudad y robándose el oro del tesoro. El 12 de agosto, el pueblo recuperó la ciudad, echando al pirata invasor. El gaucho Guemes tomó un barco enemigo a caballo…

12 de agosto de 1806. Por las calles que conducen a la Plaza Mayor, avanzan en tropel las fuerzas de la reconquista, envueltas en el humo de las explosiones y el retumbar de los disparos. Liniers, instalado con sus lugartenientes en el atrio de la iglesia de la Merced, ha perdido el control de las operaciones: sus soldados, mezclados con el pueblo que pelea a mano desnuda, no escuchan ya las voces de los oficiales, y se lanzan en un solo impulso a aniquilar al enemigo. Un diluvio de fuego se desata sobre las posiciones británicas en la plaza.. Allí, al pie del arco central de la Recova, está Beresford, con su espada desenvainada, rodeado de los escoceses del 71. Esta es la última resistencia.

Las descargas incesantes abren sangrientos claros en las filas británicas. A los pies de Beresford cae, ultimado de un balazo, su ayudante, el Capitán Kennet. El jefe inglés comprende que ya no es posible continuar la lucha, pues sus tropas serán aniquiladas hasta el último hombre. Ordena entonces la retirada hacia el Fuerte. Allí, momentos más tarde, iza la bandera de parlamento.

Volcándose como un torrente en la plaza, las tropas y el pueblo llegan hasta los fosos de la fortaleza, dispuestos a continuar la lucha y exterminar a cuchillo a los británicos. En esas circunstancias arriba Hilarión de la Quintana, enviado por Liniers a negociar la rendición. Esta deberá ser sin condiciones. La muchedumbre, terriblemente enardecida, es a duras penas contenida. Se exige a gritos que Beresford arroje la espada. Un capitán británico lanza entonces la suya, en un intento por calmar a la multitud. Pero eso no conforma a la gente, y Beresford debe aceptar, aun antes de que sus soldados hayan depuesto las armas, que una bandera española sea enarbolada sobre la cima del baluarte.

Liniers está ahora a pocos metros de la entrada de la fortaleza, aguardando la salida de su rival vencido. Beresford, acompañado por Quintana y otros oficiales, marcha hacia Liniers a través de la multitud que le abre paso. El encuentro es breve. Los dos jefes se abrazan y cambian muy pocas palabras. Liniers, después de felicitar a Beresford por su valiente resistencia, le comunica que sus tropas deberán abandonar el Fuerte y depositar sus armas al pie de la galería del Cabildo. Las fuerzas españolas rendirán, como corresponde, los honores de la guerra.

A las 3 de la tarde del 12 de Agosto de 1806, el regimiento 71 desfila por última vez en la Plaza Mayor de Buenos Aires. Con sus banderas desplegadas los británicos marchan entre dos filas de soldados españoles que presentan armas, hasta el Cabildo, y allí arrojan sus fusiles al pie del jefe vencedor.

En ese momento, el Comodoro Popham se dirige, a bordo de la fragata “Leda”, hacia el puerto de la Ensenada. Desde allí, después de inutilizar la batería española, emprende viaje hacia Montevideo, donde se reúne con el resto de su flota. Popham, pese a la derrota, no ha perdido sus esperanzas. Sabe que ya navegan, rumbo al Río de la Plata, nuevas fuerzas británicas.

Abordaje de la Fragata Inglesa Justine – Toma de Bandera –

“Buenos Aires había sido conquistada por una aventura de ladrones. Baird, Bersford y Popham se enteran que en Buenos Aires hay dos años de impuestos del Perú a la espera de su embarque. Y deciden largarse con solo 1.600 hombres cuando el plan original era hacerlo con 10.000. Es una aventura de piratas y hay que adelantarse a otros (ingleses también), que se quedarían con ese dinero. Saben que 1600 bastaban para el golpe de mano, pero no eran suficientes para mantenerse, pero ante el hecho consumado vendrían refuerzos.

El marino francés Santiago de Liniers está en Colonia con 1.000 hombres. Los ingleses, que tienen ojos y oídos por todos lados lo saben y sus buques de guerra lo esperan en el río. Liniers también espera… Espera un aliado, dice. Por fin llega, es la sudestada, temible tormenta en un río lleno de bajíos. Los ingleses ven pasar entre la lluvia las chalanas, las lanchas y las sumacas guiadas por marineros criollos.

Bersesford reúne su estado mayor. No podrán dar una batalla franca por la sudestada. Habría que defenderse en la ciudad donde los enemigos estarán por todos lados. Se hace fuerte en el retiro y en la plaza mayor. A la defensa del Retiro manda la sumaca Justina, recién capturada, armada con sus 26 cañones y con cien hombres además de la tripulación. El 11 y la mañana del 12 la Justina barre las calles con sus certeros disparos de artillería.

Sobremonte había iniciado el avance sobre Buenos Aires cuando se entera en la posta de “La Candelaria”, de la partida de Liniers. Manda a uno de sus mejores hombres, el cadete Martín Miguel de Güemes a pedirle que lo espere para hacer una acción conjunta.

El joven oficial llega en 36 horas, al galope y sin dormir. Pero ya estaba todo terminado.  ¿Está varado? ¡A ver el catalejo! Reclama Liniers. Usted que está bien montado pídale hombres a Pueyrredón e impidan su huída. Y allí va Güemes con cincuenta jinetes entrando al agua desde la playa haciendo rendir al navío y capturando su bandera que hoy se exhibe entre las obtenidas ese glorioso día.

El lugar donde fue abordado el Justina sería según Martín Güemes, chozno del General, éste (Torre de Los Ingleses) por ironía o mala intención de sus constructores.

La Bandera del Justine

Juan Bautista Alberdi en “Proceso a Mitre”, cap. XVI (Ed. Caldén, Buenos Aires, 1967, p.147), se expresó así sobre el particular: “Güemes, bajo las órdenes de Liniers pelea y contribuye a arrancar las banderas que decoran hoy los templos de la orgullosa Buenos Aires”. Realmente las banderas que hoy se guardan en la Iglesia-Convento de Santo Domingo, ubicado en la esquina de Defensa y Belgrano, son las tomadas en 1806: dos pertenecientes al Regimiento 71 de Highlanders tomadas durante la rendición, y dos de marina, pertenecientes una al Batallón de Infantería de Marina Real (RMB) desembarcado en Quilmes (guardada al revés en la vitrina), y otra de la goleta Justine abordada por Güemes. Las insignias tomadas resultaron muy especialmente obladas por Santiago de Liniers a la Virgen del Rosario de los Milagros, siendo su protección y custodia de exclusiva competencia de la orden de los frailes dominicos. (Convento Santo Domingo:  Tel. 4331-1668)

El General Guemes y la Música

Martín Güemes sabía música, le había sido enseñada por su esclavo Francisco, que dominaba guitarra y violín. Otro de los esclavos de la familia, Lucas, también sabía tocar el violín.

Güemes partió de Salta en octubre de 1805 con cuatro aprendices de música (Bernardino Pacheco, Fermín Vivas, Hilarión Avila y José Manuel Zavala) y el Cabo Basilio Mojica. Estos pupilos estuvieron ligados a Güemes hasta 1808. (Boletín del Instituto Güemesiano de Salta, 1977).

En Buenos Aires se alojaron en el Cuartel de Dragones, dos meses después Güemes informó por Oficio que se encontraba adoptando medidas para proveer a los aprendices de instrumentos de viento, enseñanza que le fuera encargada por el sub inspector general Pedro de Arze. También estuvo adscripto a la 3era Compañía de Granaderos que estaba a cargo del teniente coronel Juan Antonio Olondriz. (Güemes Documentado)

El 18 de agosto de 1818, Güemes escribía a Pueyrredón:

“Amable amigo: Parece que en la conspiración contra mi vida, de los Pananas y Moldes, hay algunos otros comprendidos. Interesa muy mucho, me diga Ud. quiénes son, según el resultado de las pesquisas y diligencias que se hubiesen practicado. Hágase Ud. un campo entre sus bastas atenciones, e instrúyame sobre el particular, en la primera ocasión, pues al efecto interpongo todo el valor de nuestra amistad, persuadido que a esta fecha esté en el mundo de la verdad el bribón del zambo Panana”.

En éste párrafo Güemes le comenta sobre una conspiración sobre su vida y le pide averiguar quiénes más están interesados en asesinarlo. Ni en esas circunstancias Güemes olvida sus obligaciones. Sus deberes para con la Patria lo llevan a pedir –casi exigiendo- instrumentos musicales para la banda de la tropa.

“Estoy empeñado en el arreglo de una música para el Regimiento de Infernales. Tengo algunos operarios pasados del enemigo, pero les faltan los instrumentos. Se los pedí a Belgrano y me contesta que no los tiene. Si Ud. me facilita, será el mejor servicio que hace a un amigo. Espero pues que venciendo cualesquiera dificultades, me los remita lo más pronto posible”.

Finaliza lamentando las incomodidades que sus pedidos puedan generar al  Director, con admirable humildad: “Yo no sirvo sino para proporcionarle incomodidades; pero Ud. sabe dispensarlas y esto me anima. Mis afectos y los de mi Carmen a esa señora y Ud. cuente con todo el reconocimiento de su mejor y más reconocido amigo. Martin Güemes”. (Güemes Documentado)

Heroísmo y Gloria

En el año 1971 exponía en el Primer Congreso de Historia Argentina y Regional, celebrado en Tucumán, Reynaldo Pastor. De su trabajo “Acción de Güemes en el Norte Argentino” se extrae el capítulo titulado “Heroísmo y Gloria”. Decía Pastor:

“La “Acción de Güemes en el Norte Argentino”, es de tal magnitud que sólo podrá ser destacada plenamente colmando sendas y emocionantes páginas con los antecedentes que dan brillo y grandiosidad a la trayectoria con que el prócer ilustró el período más intenso de la historia de su tierra natal. Su sacrificada y vigorosa defensa, su firme solidaridad con San Martín, la influencia decisiva con que despertó en el pueblo el sentimiento del patriotismo y el amor a la libertad, sus relevantes condiciones de guerrero y conductor valeroso y, sobre todo, el fecundo resultado de su hazañosa gesta, lo señalan como la figura señera entre los patriotas que en el Norte de la República mantuvieron enhiesto el pabellón de la liberación de la América del Sud.

La suya fue una proeza de hondo sentido histórico y de gran repercusión bélica, en la que se destaca con nítidos perfiles el estoicismo y la inspiración sublime con que el “Centinela de la Patria” sostuvo su denodada lucha, sin declinación alguna, desde 1814 hasta 1821, prolongado lapso en el que él y sus huestes libraron centenares de sangrientos combates, en su mayoría favorables, con precarias y escasas armas y en medio de una impresionante pobreza, tal como se comprueba leyendo la correspondencia intercambiada entre Belgrano y Güemes.

En esas sobrias epístolas consta que Güemes le comunicaba a Belgrano que había consolado a los soldados en sus necesidades que le representaban con ternura y que él no tenía un peso para darles ni como proporcionárselo; que al cabo de dos meses había podido socorrer a la infeliz tropa con cuatrocientos pesos, que no les tocaría ni de a dos reales. En otra oportunidad le dice que se ha consternado viéndolos enteramente desnudos, pero siempre dispuestos a la lucha. Por su parte Belgrano informa al gobierno central que la tropa de Güemes está desnuda, hambrienta y sin paga, como nos hallamos todos. A Güemes le envía 200 sables, sin puños ni vainas, que así los ha recibido sin tener tiempo, ni suelas ni cosa alguna para repararlos porque todas son miserias, todo es pobreza y le aconseja que a falta de sables use lanzas, con las que sus guerreros harán primores.

En estas paupérrimas condiciones aquellos bravos legionarios de la Patria se batían, venciéndolos, con los veteranos ejércitos españoles que eran “los mejores porque habían vencido a los mejores ejércitos de Europa” y que venían comandados por jefes valientes, experimentados y famosos, a los que les sobraban armas, pertrechos, cabalgaduras, dinero y títulos. Era el espectáculo de Goliat frente a David que reproduce Guido en uno de sus cuadros, como quien dice la fuerza del gigante contra la debilidad del pequeño que ataca con su ingenio y audacia.

El secreto y a la vez gran mérito de Güemes estaba en la táctica que había aceptado siguiendo los lineamientos generales del plan sanmartiniano. Su admirable estrategia la describe López prodigándole el siguiente elogio:

“La campaña defensiva de Güemes que voy a describir, es en mi concepto un modelo en su género como plan estratégico y como ejecución consumada. No falló en ella una sola previsión; no hubo que lamentar un solo descuido, y todas aquellas milicias movidas y electrizadas por el jefe de la provincia invadida, obedecieron directamente a una sola voz, con la regularidad del ejército veterano más prolijamente preparado para las operaciones estratégicas de una guerra estrictamente campal. Si exceptuamos la famosa campaña de San Martín sobre Chile, las mayores luces de la escena y la imponente solemnidad de las batallas que le dan tantos prestigios, no hay entre las guerras de nuestra revolución ninguna otra que, como la de Güemes en Salta, ofrezca un modelo más acabado de regularidad en el plan y en los resultados”.

La primera vez que Güemes ensayó su singular táctica fue en el Alto Perú. Al frente de una división del ejército de Balcarce, en Suipacha, batió al Grl. José de Córdoba y Roxas arrebatándole “las banderas, 4 piezas de artillería, armamento de 1.300 hombres, bagajes, municiones, etc. y huyó vergonzosamente el malvado Córdoba” según la apasionada carta de Martín Rodríguez a Belgrano, del 4 de diciembre de 1810.

Yanci y Solá han evocado el triunfo de Güemes en Suipacha, sin que quede duda sobre que él fue el jefe de la fuerza vencedora que consagró a la Patria el primer lauro conquistado en tierras peruanas. De ahí Güemes partió para Buenos Aires en cumplimiento de órdenes militares y desde que regresó al lado de San Martín, dedicó su vida a contener a los incursores españoles oponiéndoles el coraje insuperable de sus milicianos con pasta de héroes. Desde entonces su acción bélica se desenvolvió en la inconmensurable región que se extendía desde las profundidades de la Quebrada de Humahuaca hasta la puerta o llave del Alto Perú, Jujuy, y de ésta hasta Salta, escala desde la que los invasores pretendían lanzarse sobre Buenos Aires.

En el desarrollo del plan estratégico de San Martín, Güemes fue el gran capitán y su movediza sombra no dejó dormir a los aguerridos generales del rey. En San Pedrito, Guachipas, Bañado, Sauce Redondo, Tuscal de Velarde y Cuesta de la Pedrera, Güemes y sus oficiales le hicieron perder a Ramírez Orozco centenares de soldados y oficiales, muertos, heridos y prisioneros y le arrebataron la artillería, fusiles, bastimentos, ganados y cabalgaduras; Pezuela en dos meses perdió 1500 hombres y debió huir con su aterrado ejército; La Serna, el más poderoso de todos los invasores, dejó a la vera de sus travesías a 1000 de los suyos, la caballada y todo el material de guerra, “excepto las armas que llevaban en las manos y los cañones sin cureña”, no “habiendo sido nunca dueños de más terreno que el que pisaban”. Mitre afirma que “aquello era más que una derrota, un desastre”. Y así les sucedió a Canterac, Valdez, Marquiegui, Olañeta y a sus lugartenientes, que debieron asistir a episodios de una intensa dramaticidad como el del día que la división de 800 hombres destacada al mando de Sardina, Vigil y Villalobos para proveer de víveres al ejército español sitiado en Salta, regresó hambrienta y aterrorizada, con las mulas destinadas a transportar el botín, cargadas con los cadáveres de la banda de música del Gerona y de numerosos oficiales, entre ellos el del jefe Sardina, que habían perecido en las emboscadas tendidas por Burela, Latorre, Ruiz, Rojas, Torino y Leytes.

Y así había de ser porque las partidas de Güemes, como el tigre que defiende su guarida, cebadas en los estragos que producían en los ejércitos españoles, los diezmaron sin compasión y las montañas, valles y bosques de Salta se vistieron de púrpura empapados con la sangre de los contendientes”.

En su extenso trabajo Reynaldo Pastor expone con marcada admiración los méritos del Grl. Güemes y al hablar sobre la muerte del héroe concluye diciendo:

“Su alma se elevó por sobre la perfumada selva que le había dado protección acunando sus inmortales y legendarias hazañas, pero, su espíritu siguió velando hasta que se cumplió la póstuma consigna del prócer. Widt puso sitio a Salta, hostilizando enérgica y duramente al ejército intruso comandado por Olañeta que huyó a refugiarse en las alturas del Perú, y de esta manera se puso fin a la última invasión española en tierra argentina y puede afirmarse que entonces quedó cumplido el supremo anhelo del hijo de Salta que así sirvió a la Patria más allá de su llorada muerte”.

Día Nacional del Gaucho – Homenaje al Gral. Guemes y José Hernández

El 6 de Diciembre a las 12.00 se realizó en el Cementerio de La Recoleta de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires un Homenaje convocado por el Instituto Güemesiano en Buenos Aires. El mismo se realizó con el propósito de exaltar la relación entre el Gaucho y el título del Martín Fierro, conforme lo que la nieta de José Hernández escribiera al Dr. Luis Güemes en el año 1972: “Martín Fierro se formó honrando la memoria de Martín Güemes, el más gaucho de nuestros guerreros y considerando de fierro el temple del hijo de la pampa”.

El Homenaje constó de dos partes. En la primera parte se realizó la concentración alrededor del Cristo Redentor, en el sector central del Cementerio, donde fueron ubicadas las Banderas de Ceremonias (Nacional, de las Provincias de Salta y Buenos Aires), portadas por Gauchos de la Institución y la Imagen del Cristo Campesino, Patrono de los Güemesianos. Luego de ello se entonó el Himno Nacional Argentino y se rezó por primera vez la Oración de los Güemesianos.

En la segunda parte se concretó el traslado a la bóveda donde reposan los restos de José Hernández. Allí se realizó la contextualización del Homenaje y se interpretaron temas alusivos. Carlos Staffa Morris recitó un Poema a José Hernández; Pablo Pérez recitó el poema “Gaucho”; Luis Ance recitó “A José Hernández” de Jaime Dávalos; Rubén Herebia cantó Gauchaje de Güemes, zamba de Beatriz Signoretta; Ester Maidana y José Guedilla interpretaron con la caja coplas dedicadas a exaltar la relación entre Güemes y Hernández. Cabe destacar que el recitado de Carlos Morris y las coplas de Ester y José Guedilla fueron escritas para el Homenaje.

Fundamentos :

Por Ley 24.303 del año 1993, se estableció el 6 de Diciembre como el Día Nacional del Gaucho. Ese día, en el año 1872, apareció la primera edición del Martín Fierro, nombre que según Isabel González del Solar y Hernández,  nieta de José Hernández, fuera dado en homenaje a Martín Miguel de Güemes.

Uniendo en la evocación a José Hernández, al Gaucho y al Prócer, se transcriben algunas citas de San Martín, Belgrano y Güemes relacionadas con el Gaucho.

En Febrero de 1816 escribía San Martín a Tomás Guido:

“A usted le consta que, lejos de auxiliarme con un solo peso, me han sacado 6000 y más en dinero que remití a ésa; que las alhajas de donativo de la provincia (entre las que fueron las pocas de mi mujer) me las mandaron remitir como asimismo los caldos donados, y que estos últimos no fueron porque ya era demasiada paciencia… yo no espero más que se cierre la cordillera para sepultarme en un rincón en que nadie sepa de mi existencia, y sólo saldré de él para ponerme al frente de una partida de gauchos si los matuchos nos invaden”…

No fue la única vez que San Martín habló de los gauchos como última tabla de salvación, lo hizo repetidamente desde 1814.

En carta del 24 de Octubre de 1816, Belgrano decía a Güemes (con referencia a los gauchos que éste acaudillaba):

“No digo sables, vestuarios, y de cuanto viniere, tendrá usted parte: miro a la gente de usted con más privilegio que a ésta, porque al fin ella es la que trabaja, y sufre; y aún cuando estos también tienen sus trabajos y necesidades de no poco tamaño, están en cuarteles y su vida es mejor que la de esos infelices”… Sabía que de ésos infelices (los Gauchos de Güemes) dependía la Patria. Ellos, pese al hambre, la desnudez y las ingratitudes, forjaron nuestra independencia, sellándola con heroísmo y gloria.

Guemes exaltó permanentemente a sus Gauchos. En un oficio fechado en Enero de 1817, escribía a Belgrano:

“Se repiten diariamente los triunfos de las armas de la Nación, que tengo el honor de mandar. El espíritu militar que respira esta benemérita Provincia, se emula por el más infeliz ciudadano de la campaña cada uno a porfía, quiere ser partícipe en la gloria que se presenta; cual tropas aguerridas avanzan y a su vista y furor huyen los tiranos llenos de terror y espanto. Admire V.E. el presente triunfo, tanto más cuanto a él no ha concurrido un solo soldado de línea; gauchos únicamente han sido los que han dado un día de gloria a la Patria como los son los de la partida Coronela. Visto esto que el cielo protege la justicia de nuestra causa, y la inocente resolución de éstos”…

De alguna manera el título del Martín Fierro hermana en el valor, el heroísmo, el sacrificio y el amor a la tierra a dos gauchos de distintas épocas y geografías. Hernández no describe al gaucho que forjó la independencia bajo las órdenes de Güemes entre 1810 y 1821 sino a aquél con el que el poeta compartió sus días, entre 1850 y 1870 y participó en contiendas internas mayormente encabezadas por caudillos en el centro y litoral del país.

Martín Güemes y José Hernández admiraron, amaron, respetaron y buscaron reivindicar al gaucho. Por eso en su día fueron evocados de la misma manera.

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