Una bruja en la Montaña

Una  bruja  en la Montaña

Cuento por Jorge Gabriel Robert

Camarones- Chubut

Se llamaba Secundino Linares el hombre que partió desde esta casa situada en un valle en la montaña.

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Nadie lo había visto llegar a  lugares poblados. A nadie le importaba quien era o de donde venía; simplemente, a la gente le gustaba su modo de ser cordial, sin un gesto de disgusto, lo que se suele llamar por su humildad, de muy bajo perfil.

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Su impronta era constante de ayudar al prójimo. Sin embargo, algunos vecinos más inquisidores, habían notado cierto nerviosismo al entablar un diálogo,  pese a su agradable sonrisa; pero Secundino se recomponía de inmediato al notar que era observado y buscaba la manera de sincerarse aduciendo que había bajado de la montaña en busca de trabajos bien remunerados y así .

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poder llevar soluciones a su padre que ya anciano,había desmejorado su salud en forma alarmante y conseguir lo que una vidente le había aconsejado hacia muchos años, cuando empezó a sufrir una misteriosa enfermedad que lo llevaría a la muerte y solo ella, la vidente , conocía un método para su curación total.

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El remedio era muy simple,  y consistía en vestir durante una semana, la camisa de un hombre feliz e ingerir un huevo de pájaro llamado, el pájaro del ceibo o el pechugón, que se conseguiría en el ceibal, mas entrando en la montaña.

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No era fácil..

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Por eso,  Secundino elegía pedir en el poblado, conchabo en casas de gente acaudalada, con autos suntuosos, grandes palacios, y así mantenía la esperanza de poder acceder a una camisa usada por personas que a juzgar por las apariencias, deberían ser muy felices y así conseguir el premio sagrado que sería mejorar la salud de su anciano padre.

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En la residencia del enfermo,  en el fondo de una quebrada, rodeada de un sembradío que servía de albergue, una alfombra multicolor de plantas y flores.

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En el fondo de la habitación, un camastro con abundancia de cueros haciendo de abrigo, y un hombre con crecida barba que espera la muerte, si se cumplen los designios agoreros pronosticadas por una “vidente” que entre la gente de la montaña, era conocida como La bruja.

Según la adivina, el mal que aqueja al enfermo exige dos aplicaciones juntas para ser derrotado. 1, vestir por una semana, la camisa de un hombre feliz; 2, comer un huevo del pájaro del ceibal llamado el pechugón, que anida en un cañadón cerca del lugar, de difícil acceso y donde existe una plantación natural del arbusto.

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Mientras Secundino en la ciudad, procura acercarse a sus congéneres más felices, en procura de una camisa usada, un indiecito en la montaña ha prometido traer hacia el postrado hombre, el noble producto del pájaro del ceibo.

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Por eso aquella mañana, mientras el sol proponía perfumes emanados durante la noche por infinidad de flores en el cañadón,  el joven indio galopaba en pelo su tobiano hacia el nacimiento del manantial en la quebrada de los ceibos donde anidaba aquel plumado pájaro de los milagros.

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Varias leguas de día y otras tantas de noche, por los enormes cañadones, con la guía de su instinto  y su coraje, el indio va llegando a la quebrada de los ceibos donde el arrogante pájaro  ha construido su nido y observa al visitante mientras éste,  que desde muy pequeño vivió con su tribu alimentado con cualquier producto natural, buscó entre los pastos y ahí estaba el ansiado nido con cuatro huevos de los que sacó solo uno.

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Miró al cielo, hizo un ademán de agradecimiento, invocó una plegaria que su madre le enseñó en las tolderías y partió a puro galope de su tobiano incansable, llevando el cumplimiento de su promesa, hasta ser depositado sobre un cajón que sería la mesa de luz del enfermo.  Beso su frente afiebrada, repitió la oración y desapareció.

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Secundino Linares, consiguió  entre amas de casa, planchadoras a domicilio, clubes con asistencia de gente famosa, viviendas de estancieros, deportistas, profesionales, amas de llave que accedieron a pagarle algunos servicios de jardinería y limpieza, con el agregado de una camisa usada ya convenida y partió hacia la montaña con el preciado bulto conteniendo media docena de camisas flamantes pero que habían sido vestidas por hombres que él suponía felices.

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Siguiendo una huella de animales para acortar distancias, sorteando lomas y peñascos, vadeando arroyos y guiado por su instinto baqueano de lugareño, bordeando un florido paisaje, vio una majadita de cabras pastando al costado de un manantial, observó a una joven mujer lavando ropa la que atentamente accedió a cambiar con él unas palabras.

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Así le contó a Secundino que era madre de familia; su esposo mientras, cuidaba sus niños, el bebé, ordeñaba sus cabras, cuidaba una majada de ovejas, domesticaba otros herbívoros de la montaña, atendía el gallinero, vivía feliz, ayudado en todo por los pequeños hijos que pronto enviaría a la escuelita rural.

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Por el encanto y entusiasmo de la joven mujer, que dijo llamarse Amalia, intuyó Secundino que podía encontrarse acá el hombre feliz, de manera que intentó cambiar unos pesos ganados en el pueblo, por una camisa roja que veía secándose al sol sobre un espinillo.

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Amalia,  experta en ser humilde y orgullosa, rechazó el dinero y obsequió la camisa que le habían pedido.

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Sería entonces  La Bruja, quien dispusiera elegir la camisa que, junto al  huevo del pájaro del ceibal, salvaría al enfermo de una muerte horrible.

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Probó una a una las camisas, aplicando la gota de un elixir preparado por ella, que al contacto con la prenda de vestir emitiría un olor nauseabundo, circunstancia esta ocurrida con todas las camisas probadas menos la roja que Amalia obsequiara a Secundino, de donde emanaba un suave perfume.

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Vestido de rojo, y luego de haber ingerido el huevo del pechugón del ceibal, el enfermo se incorporó en la cama; una nube que pasaba dejó libre al sol que iluminó la alfombra de flores en el patio y allá en el ceibal, un coro de trinos y gorjeos de pájaros, marcó un eco en la montaña.

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5 respuestas a Una bruja en la Montaña

  1. rossi javier dijo:

    Buenisimo Jorge, ya no soy niño pero me apasionan estos cuentos, recuerdo cuando mi madre me los leia en las noches.
    Javier Rossi
    Gral. Pico
    La Pampa

  2. Maria de las Mercedes dijo:

    Jorge Gabriel, gran conocedor de la naturaleza, magistralmente conducida bajo su pluma, nos aporta en este texto preceptos de vida para tener en cuenta.

    El relato de la joven mujer, que lavaba sus ropas en el manantial, da cuenta de la felicidad de su esposo, en aceptar agradecido su destino de hombre humilde, compartiendo el hacer cotidiano con los hijos de ambos, proyectando el futuro.

    Un cuento para niños, con una enseñanza para todas las edades. Habla sobre lo infructuoso de intentar, una búsqueda de la felicidad, en las cosas mas caras, porque esta contenida en las formas mas simples.

    Mi gran cariño para el autor

    M.M.

  3. jorge gabriel dijo:

    Irma: Haciendo honor al Arcon del Recuerdo pensé un mi madre que nos contaba hace tantísimos años, en la camita de niños, siempre en el campo, un cuento sobre eso de «la camisa de un hombre feliz» asi nos dormiamos felices tambien nosotros (los hermanitos) encantados porque siempre el que conseguia la camisa, se recuperaba de todos los males, No me acuerdo por supuesto de ninguno de sus cuentitos.
    Pero acordarme de mi madre, me hace sentir muy bién.

    Eso del pájaro del ceibo, lo agregué porque tenía la imágen de ese pajarito parado en un ceibo, hoy planta nacional. Gracias por tu comentario.
    Con cariño, Jorge Gabriel

  4. Irma Agara dijo:

    Comentario sobre:
    Una Bruja en la Montaña:

    Jorge, me encantó el cuentito, justamente eso me »encantó», con imaginación legué al lugar y a los personajes, en este relato que tiene mucho de leyenda. Es una historia lugareña?
    Irma

  5. carlosvonz dijo:

    Jorge, muy lindo cuento, agradezco tu aporte para este nuevo sitio destinado a cuentos y notas para niños y familia.
    Carlos

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