LA DECISION DE ERNESTO

LA DECISION DE ERNESTO

Autor:  Jorge Iglesias

«Tales»

girasol

La decisión  de Ernesto era rara. Bueno, le sonaba rara a él mismo. Le costaba movilizarse de un lado a otro. Tal vez, porque hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a permanecer en su casa, o al menos en su barrio. Siempre se había familiarizado fácilmente con los lugares. Me refiero, a los lugares en los que permanecía algún tiempo. Al principio, solo al principio, le costaba, pero al tiempo de habituarse a todo lo que rodeaba su extraño entorno, ya no quería dejarlo.

Pero ahora, no comprendía bien porque, había decidido ir. Hasta le había parecido interesante cuando Hugo, su entrañable amigo de la infancia; que hacía tiempo no veía, le había propuesto el cambio.

El día, por una de esas casualidades, o causalidades que nos cuesta comprender,  porque llovió una semana entera antes, y le hizo dudar de decidir el viaje, había amanecido con un cielo celeste bandera, y las nubes ante la magnitud de tal acontecimiento comprendieron que había llegado el momento de marcharse.

Salieron temprano, con la fresca, como solía decir Hugo. Quería llegar a Dolores antes del medio día, y poder realizar algunas compras imprescindibles. Le dijo, mira yo te dejo cerca de Chasconas, vos te bajas y pasa por allí un micrito que te deja a dos cuadras de la casa a la que vas.

Aprovecho el viaje para mirar tantas cosas que hace tiempo se habían borrado de su memoria. (Tal vez por la edad, pensó) Pero no le dio importancia. A su derecha se perdían caminos cada trecho que indiscretamente se introducían en los campos. Vaya a saber con qué intenciones, intrusos permitidos, pensó. No se alcanzaba, salvo rara vez a ver las casitas a lo lejos señaladas por ellos. En general, se perdían entre verdes y frondosos árboles, o detrás de algún monte. Siempre los montes le daban miedo y curiosidad, pensó. Tal vez por no saber que esconderían sus tupidas frondas. Quizá algún secreto no desvelado jamás.

Algunas vacas sueltas, pastaban ignorantes de que vivían, y por lo tanto de su destino. Generalmente las conducía hacia algún corral un hombre de gorra, pero muchas pastaban sueltas. Se le ocurrió compararlas con el hombre, destinos seguros, encaminados, y otros sin saber porque ni hacia donde eran conducidos, tampoco les importaba.

Hugo hablaba poco. Se concentraba en la ruta. De vez en cuando profería un insulto pòr lo bajo a quienes lo pasaban rozando. A vos te parece, no sé cómo les dan el registro.

Finalmente llegaron. El sol estaba casi sobre ellos. No miró el reloj pero calculó que serian las once y algo. Bueno viejo acá te dejo, ves ahí donde esta ese techito medio roto, bueno, ahí paran los micritos que se adentran en el camino. Después le preguntas al tipo y caminas un poco. El día se presta. Te lo hicieron para vos, ja. Te dejo dos días y me acerco yo con el auto. Total después no tengo apuro.

El micrito, era realmente tal. Cabrían seis pasajeros sentados. Parados, no llevaba.

Lo dejo realmente cerca de la casa. Junto a unos girasoles amarillentos que teñían el verde del campo dándole una pincelada de vida.

Al menos el lugar parecía esperarlo. Darle una bienvenida silenciosa pero colorida.

Entre dos abetos y algún que otro matorral rodeado de mariposas estaba la casa.

Parecía común, como todas las casas de campo. Baja. De tejas grises. Un tanque de agua sobre el techo, y una chimenea al lado, que ahora no trabajaba.

Debajo del felpudo de la entrada, como le habían dicho, estaba la llave.

La casa por dentro no coincidía para nada con su aspecto externo.

Era una estancia que aparentaba ser de muchos años atrás. El estilo de los muebles, los cortinados, los adornos; todo semejaba una casa antigua y abandonada.

Mientras llevaba su liviano equipaje, apenas dos maletas, alzó la vista, sobre todo para observar el techo, acristalado con arabescos que pretendían sin lograr su objetivo ocultar la luz solar, y fue entonces, lo recuerda bien, en ese preciso momento en que le llamo la atención un reloj de péndulo detenido, detenido en su movimiento y detenido en el tiempo.

No sabía porque eso le hizo recordar que dentro de muy poco tiempo cumpliría setenta años.

El reloj marcaba las cuatro treinta. De qué. De la tarde o de la mañana. No le dio importancia.

Solo se detuvo asombrado, entre los dos sillones floreados y llenos de polvo que pretendían inútilmente lucirse en el comedor, y dejó caer las maletas a los lados cuando a su derecha justo sobre la cómoda había otro reloj, este adosado a la pared con números romanos marcando la cara abigotada de las ocho y veinte, o quizá las veinte treinta. El brillo acelestado del vidrio de los ventanales relucía en los metales que enmarcaban el reloj. Afuera las mariposas, ahora más lejanas habían abandonado las flores y giraban en círculo.

Fue en ese instante en que fijo su atención sobre el resto de la casa. No menos de veinte relojes ubicados en distintos lugares, tan estratégicamente que a simple vista y si no fuera por la claridad que invadía la estancia, hubieran pasado desapercibidos

Cada uno  señalaba una hora diferente. Ninguno la misma.

Pensó. Qué importancia tiene esto. Tal vez algún coleccionista. O un maniático de los relojes. Pero porque cada uno puesto en una hora diferente como si el tiempo hubiera pasado en algunos de ellos y otros hubieran ignorado displicentemente a los otros.

Bueno, pensó, no voy a preocuparme por una pavada como esta.

El primer día lo paso dentro de la casa. Admirando, las antiguas bellezas en jarrones y porcelanas. Revisando los armarios por mera curiosidad para ver que guardaban o escondían, y recorriendo las distintas habitaciones, que no eran más de tres, pues la casa era de una sola planta.

Otra vez. Sin motivo alguno pensó que cumpliría setenta años muy pronto. Rio. Y no le dio importancia. Pensó que era común que cada década cumpliera su efecto de mostrar sarcásticamente que quedaba menos tiempo.

Paso el día siguiente leyendo algún tomo antiguo elegido al azar de la biblioteca. En un momento reparó que todos eran  del siglo pasado. Tal vez sería interesante leer algo así. Se dijo. Y se sentó frente a la ventana del pequeño living tomo su pipa y sin encenderla. Le hacía mal el tabaco. Ya le había dicho el médico. O deja la pipa o la pipa lo deja a usted. Rio ante el recuerdo.

Quizá el tiempo pasó muy rápido. Quizá, es probable quiso eludirlo. O también era probable que como los relojes hubiera querido detener su paso. Cuando reparó en ello. Cuando se dio cuenta, quizá ya era tarde. Tenía en sus manos un libro de Marco Polo, que no recordaba haber tomado. Estaba vestido con camisa blanca y un chaleco marrón. Cuando se sentó hace…. O recién. Bien lo recordaba. Tenía su camisa roja y su pantalón marrón, que ahora era gris. Evidente que tenía sesenta y nueve años. Pero eso que tenía que ver ahora.

Con temor y desesperación salió de la casa. A su derecha estaba la casa del casero, al que pensaba visitar…cuando antes…ahora.

Corrió hacia ella, mientras lo hacía vio que los girasoles ya no estaban ni las mariposas giraban en su torno.

Golpeo con fuerza, casi con desesperación. Nadie abrió. La casa parecía abandonada. Las nubes del anochecer corrían en el cielo como con prisa, y le pareció, sólo le pareció, que algunas tenían caras sonrientes.

Vio a lo lejos en el camino alguien que se acercaba. Apuró el paso para acortar el tiempo que los separaba.

¿Esta aún acá? Preguntó un hombre cuyo aspecto indicaba por lo bronceado ser del lugar. Yo hace diez años que no vengo.

En qué año estamos pregunto.

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2 respuestas a LA DECISION DE ERNESTO

  1. marcos monsalvin dijo:

    este cuento me trae recuedos de mi niñez cuando visitaba la chacra de mi abuelo Toribio, la que se encuentra aun en la localidad de Cnel Moom, Pcia de BsAs. hasta los girasoles eran mi lugar de juegos corriendo entre sus surcos
    es una narracion que merece aplauso.
    Marcos.

  2. carlosvonz dijo:

    Con gran alegria recibo este hermoso relato de nuestro querido amigo Jorge Iglesias ( Tales)
    Ausente por mucho tiempo, pero felizmente recuperado.
    Te felicito por tu forma de narrar , es una manera de meternos en el tema y hacernos recorrer a tu lado, esos caminos y lugares que describes.
    Una nota llena de recuerdos y emociones diversas.
    Gracias Jorge y esperamos que este sea el comienzo de otros cuentos tuyos
    Carlos

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