Los billares desde la vidriera.

Caminando por la vereda, cerca de congreso, hablo del  año  cincuenta y pico, recuerdo que había un bar  que en el fondo tenía muchas  mesas de billar.

En realidad nunca fui afecto a este juego, pero no dejaba de llamar mi atención  ver tantas  mesas  y  jugadores mostrando su destreza en el manejo de los tacos y bolas de billar.

Algunos de ellos   parecían desempeñar una suerte  de rito,  el cual los llevaba a adquirir posiciones  rebuscadas para ubicarse en la forma más favorable  para que  la punta de su taco apuntara a la bola blanca de marfil, tratando de lograr el  ángulo perfecto para dar el golpe que impactara a las otras dos, que eran de color rojo y amarillo.

 

Las reglas de este juego según leí por allí dice:

 El billar a tres bandas consiste en hacer carambolas, se considera carambola cuando la bola jugadora golpea las otras dos bolas en la misma tirada. Pero para que sean válidas la bola jugadora debe haber tocado como mínimo tres bandas, que pueden ser distintas o repetirse, antes de golpear a la segunda bola.

Desde la ventana del bar, y sin entender estas reglas de juego, yo disfrutaba solo  viendo como la bola blanca hacía su trabajo con éxito, adquiriendo  el jugador  una cara de alegría que pretendía contagiar mientras se preparaba para el próximo tiro, y, dejando en espera al otro jugador., así hasta que erra  el tiro y cede el turno al contrincante.

 

Cuando le comenté a mi padre sobre lo que había visto, no le gustó para nada, solo me dijo que allí no entrara que esos lugares no eran para menores. Estaba prohibido.

Haciendo memoria,  había muchos bares y salones de juego de  billares, creo que en el frente del negocio decía “bar y billares”. 

Estaba también  el salón de familias, que se utilizaba para separar a las damas con hijos o maridos, grupos de compañeras, maestras de escuela,  que buscaban compartir un té o café en un lugar más reservado, o protegido de las miradas desde y hacia las mesas de juego.

 Esa separación era con paneles de madera lustrada tallada, y con vidrio esmerilado en la parte superior que formaban  como un corral  en una esquina del Bar o confitería.

Como en el tango, los billares  solo lo vería con la ñata contra el vidrio”. Del bar.

Pasó mucho desde esta mirada lejana.

El domingo pasado fui con mi esposa y nieto  a tomar un té en el café notable  los 36 billares de Avenida de Mayo. Mientras llegaba mi pedido lleve a mi nieto a ver el subsuelo donde estaban las mesas de billar, no sé si eran realmente  36, eso no importa,  pero si había muchas y de distinto tipo, también distintos jugadores estilos y cantidad de bolas. Sobre las mesas, algunas contenidas por un triangulo de madera o acrílico, como esperando el comienzo del juego.

Sin darme cuenta, recordé lo que me dijera mi padre hace como 60 años sobre el ingreso de menores a la sala donde jugaban, pero claro, son otros tiempos no?

A volver a la mesa veo pasar a un señor muy mayor que llevaba debajo del brazo un estuche de cuero que debía medir, más o menos sesenta o más centímetros. Pensé que era un músico, pero ¿que podía traer en el interior de ese estuche?, solo pudiera ser una flauta, un clarinete, un oboe, pero para qué? .

Apoya ese receptáculo sobre una mesa, desabrocha su traba superior y extrae con gran precisión y delicadeza un taco de billar, en realidad medio taco que terminaba en un perno roscado. Lo apoya muy suavemente,  a continuación retira del estuche  la otra parte que terminaba en punta, más o menos  del grosor de un dedo, tenía una protección de cuero adherido al extremo más fino.

De otro bolsillo saca  un pequeño dado  de color blanco en el centro, protegido  en sus lados por un papel adhesivo . Había otros dados  de distintos colores.

Pudo mi curiosidad y me acerque a este señor , con un poco de temor por abordarlo así en forma espontanea sin ser conocido.

—Buenas tardes, disculpe, no sabía que los tacos de billar se enroscaban….

Observé que este hombre me miraba, sonriente sin responderme, entonces advertí que tenía un audífono en sus oídos, y repetí la pregunta en voz más alta recibiendo ahora la respuesta de su parte.

—–Si,  este taco es mío, vienen con rosca, yo siempre juego con él, es mejor, más preciso, me cuesta acostumbrarme a los de aquí, por eso traigo el mío.

—-Desde cuando juega.

—Desde 1943,  a la edad de 15 años , yo soy de 1928, haga la cuenta.,,, 91 años.

—-¿Siendo tan joven lo dejaban entrar a los bares?

—–No, pero como iba con mi padre , a un billar del barrio, a la tarde podía pasar y el dueño miraba para otro lado. Solo me quedaba un par de horas.

—-¿ aun sigue jugando?

—-Estos que están aquí son mis amigos, todos con la misma pasión, pero algo más jóvenes. Los domingos nos reunimos y jugamos por el  café.

Me despedí y saludé a  “Don Benito Ferrari”. Quien  rápidamente se ubico frente a la mesa en posición de juego con su taco listo para  la primer carambola de la tarde de domingo.

 

 

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