Mi aficción por la naútica

Mi aficción por la naútica

Autor: Daniel Axpe

San Telmo Bs.As.

Nació en mí desde muy chico, cuando mi padre comenzó el emprendimiento isleño, en lo que hoy llamo ¨el paraíso¨.

Nuestra casita de fin de semana está ubicada en la ribera del arroyo Cruz Colorada.

Ello determinó que todos nuestros juegos, aventuras y demás anécdotas de nuestra niñez tuviera siempre que ver con el río y todo lo que él depara. Con sus peligros y virtudes. Con respecto a los peligros, mi familia se ocupó de que bien de chicos aprendiéramos a nadar, para defendernos en el caso de caídas y chapuzones. Lo mismo hemos hecho de  grandes con nuestros hijos primero, y, con los nietos en la actualidad. Para vivir tranquilos, vio….?

El tema de la navegación, ocupó siempre el primer lugar en nuestros sueños y juegos. Recuerdo la invención de lanchas y embarcaciones estáticas, sobre el terreno, con cualquier elemento apropiado y expropiado para hacer realidad nuestro juego, así pasar mucho tiempo con la ilusión que tienen los niños. También recuerdo a mi papá buscando dichos elementos, (escaleras, bancos, carretillas, etc.) cuando los necesitaba, y así culminaban nuestras ensoñaciones. (No por mucho tiempo).

Algo que a los mayores no les agradaba demasiado eran las crecidas del rio. Es muy habitual que sucedan, generalmente no muy altas, no mucho más de quince o veinte centímetros sobre el terreno. También se han generado sudestadas de mayor altura, pero las comunes, que para los demás eran un trastorno de barro, para los chicos representaban la posibilidad de hacer los juegos náuticos con más realidad. Recuerdo un banco largo, dado vuelta y empujándolo, lo hacíamos navegar por todo el terreno cargado con juguetes, y otros elementos de poco peso que soportara nuestra seudo embarcación. Las amarras eran variadas: la escalera de la casa, un buen árbol o cualquier poste apropiado. Generalmente, cuando bajaba el río, aparecían atadas en distintos lugares nuestras lanchas.

Las lanchas que pasaba por el frente de nuestra casa, eran observadas con gran curiosidad y detenimiento, generalmente se trataban de embarcaciones de isleños de las cercanías y las conocíamos antes de que llegaran por el sonido de sus motores, ahí viene López, o Carlitos, se acerca Avelino o pirulito¨ eran nuestras expresiones.

Pero nuestros corazones latían con más fuerza, cuando nos visitaba algún amigo o vecino con su bote a remo y nos llevaba a dar una vuelta. O ya de más grandes, nos permitieran su utilización. Y de esa forma, con mi hermana Luisa, los primos y amigos, remábamos por las cercanías de casa, siempre con la mirada atenta de nuestro padre, por cualquier eventualidad.

Unos de los momentos más emocionantes y que me provoca recuerdos gratísimos, fue cuando nos regalaron el bote de madera, que nos encontramos una mañana, amarrado en el muelle después de levantarnos. ¡No lo podíamos creer! ¡Era bellísimo! Fue la gran sorpresa de mis diez u once años. Lo habían construido dos hermanos isleños, muy amigos de la familia, Juan y Carlos Rivera, que vivían muy cerca de casa, gente de trabajo duro, pero excepcionalmente habilidosos. Carlitos vive actualmente en su casa original,

Este bote fue bautizado (Sin romper botella de champaña) con el nombre de Luisa y Daniel y sin duda, disfrutado a pleno y marcó el inicio del placer de disfrutar la navegación en nuestros corazones. Los recorridos por el arroyo, visitas a amigos y vecinos, se fueron haciendo cada vez más extensos, llegando al arroyo Torito o en otro sentido a la desembocadura del C. Colorada en el Paraná de las Palmas. ¡Tremendas aventuras para nuestros ya adolescentes almas!. También nos permitió ayudar en casa, yendo a realizar tareas útiles: ¡con alegría partíamos cuando nos decían vayan al almacén de Capra a comprar esto o aquello! O ya un poco más grande, cuando mi papá con una botella de cerveza me decía; ¨¿Vamos hasta el Paraná?¨

Unos de los juegos que mas recuerdo era cuando cargamos el bote con botellas, cajas y otros bultos y lo transformábamos en lancha almacenera, y remábamos por el río, acercándonos a los muelles para imitar las ventas.

Además de los remos, le fuimos adaptando diferentes formas de propulsión. Cuando empecé la escuela secundaria, mi padre me traía todos los meses la revista Mecánica Popular, que yo no leía, sino que mas bien devoraba. De ella, saque los datos para armar con el bote un velero de la clase Penguin. Las medidas del bote daban bien, así que con grandes colaboraciones, metí manos a la obra: el isleño Carlitos me preparó el palo y botavara, un maestro de taller de la escuela me enseño a forjar y así construí la adaptación del palo para los obenques, drizas y articulación de la botavara, la genia de la costura, mi mamá, me corto y cosió los paños de tela  para la vela, mi hermana pintó el pingüino, símbolo de la categoría sobre la vela.

Una vez armado, empezamos a experimentar el goce inmenso de la navegación a vela. Con grandes limitaciones porque en primer lugar el bote no tenía orza y en segundo término debíamos esperar que soplara el viento para poder utilizarlo. No faltaron oportunidades en las que tuvimos que volver remando por falta de brisa aprovechable. Pero fue también otra experiencia muy disfrutada. Además todos los elementos eran fácilmente desmontábles, lo que permitía seguir utilizando el bote con los remos.

Con mi locura por los fierros, no tardé en la motorización del bote. El primer motor, que no recuerdo la marca, era de muy baja potencia (Aprox. 2HP), pero me permitió gozar el empuñar la caña timón y realizar cortas travesías náuticas. Años después, por sugerencia de un amigo, conseguí otro motor más grande que me permitió realizar navegaciones más largas y a mayor velocidad. Este motor había sido el auxiliar de un velero y se trataba de un Evinrude 5.5 HP del año 1940 aproximadamente- ¡Un verdadero fierro! .

Un de los hermanos Rivera había comprado una lancha isleña que empleaba en el transporte de fruta que producía y también los productos de madera de su aserradero. En época de vacaciones, lo acompañaba en sus viajes y él, inventando alguna excusa me cedía el volante para que  yo me diera el gusto de manejar la embarcación.

Otra gran experiencia fue a través de mi ex-cuñado Hugo, que fue el 1er marido de mi hermana.  A él también le encantaba la isla y todo lo relacionado a la náutica y se había asociado al club de remo La Marina. Entonces , sacábamos los botes del club y hacíamos el recorrido a mi casa a bordo de los mismos. Por lo general utilizábamos un par con timonel y remando aproximadamente media hora cada uno y recorriendo rió Lujan. Carapachay, canal ocho, Espera y C. Colorada arribamos en dos horas aprox., a mi casa. Realmente era muy gratificante y saludable.

Otra gran experiencia junto a mi cuñado fue compartir andanzas con un velero clase Ligthin de su propiedad. Ahí fue donde llegué a tener un  entrenamiento en esta disciplina porque hicimos cursos de navegación y meteorología, intervenimos en regatas y disfrutamos a pleno el barquito.

Como se podrá apreciar, desde muy chico tuve esta continuidad de actividades en medios acuáticos que he disfrutado a pleno a pesar de no haber cumplido el sueño de la lancha propia. En los últimos años cambié el viejo y querido bote de madera por otro más moderno de fibra de vidrio equipándolo con un motor Sthill de 3,5 HP.  También compartimos con mi amigo y vecino Rodolfo un motor Tothasu 35 HP, pero que nos ha dejado colgados por problemas mecánicos.

En fin, concluyo este relato con la misma reflexión de hace unas líneas atrás: Materia pendiente: La lanchita propia. Cosa que no me atormenta pero me pica en algún lugar de mi marinero corazón.

DANIEL A. AXPE

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