San Mauricio, un emblema en la región

San Mauricio, un emblema en la región

Nota escrita por el Profesor Sr.  Alberto Orga

Cuando en 1884 Mauricio Duva se instaló al este de la Zanja de Alsina y cerca del Fortín Gaspar Campos ya deshabitado, comenzó un nuevo proceso histórico que es el de la fundación de los pueblos. Proceso que en este caso marcó un hito porque es el primero creado sin ayuda del Estado. Hasta ese momento el inicio de los nuevos poblamientos era realizado por el gobierno nacional a través de su brazo ejecutor en la región: el ejército.

El origen de San Mauricio fue diferente. Nació por el empuje y la decisión de una familia, que arriesgando su seguridad y su capital se instaló en la zona, dejando claros indicios que no llegaban, como lo hicieran otros (Dihel en América) a hacer meramente un negocio. Venían a quedarse. No construyeron un palacio para irse, no armaron una estancia para que la manejaran los administradores. Son pocos los creadores de pueblos que residían en él y la peleaban desde adentro. En el distrito de Rivadavia fueron los únicos. Por eso este pueblo, o lo que queda de él es un emblema.

Si nos retrotraemos en el tiempo no podemos dejar de pensar en cómo habrán sido estos personajes. Que significaba llegar a un lugar inhóspito, juntarse con un gaucho, con un indio o con un inmigrante de cualquier sitio y comenzar a hacer. ¿Qué objetivos tenían? ¿Qué pensaban del futuro del lugar? ¿Qué valores comunes los aglutinaban y que intereses los contraponían?

¿Cómo era vivir sin escuelas, sin caminos y sin médicos? ¿Qué sentían las mujeres cuando estaban por parir? ¡Cuánto temor, o cuanto coraje!

El coraje aparece como un distintivo de la época y de la región, entendiéndose como la suma del valor más la audacia. ¡Eran intrépidos, porque había que ser corajudo para vivir en estos lares!

TODOS ERAN CORAJUDOS.

Corajudo era el indio que defendió su tierra con ahínco a veces sin darse cuenta que además del adversario se la arrebataba el progreso. Corajudas sus mujeres que los acompañaban en los toldos, cuidaban sus hijos y sus caballos.

Corajudo era el gaucho, que sin comerla ni beberla había sido arrastrado a la frontera para defender a la patria, de la otra patria. Corajudas sus chinas que los seguían en los fortines o en los ranchos.

Corajudo el inmigrante que dejaba todo en su origen y llegaba a hacer la América, formando su hogar y quedando anclado al sitio convirtiéndose en parte del paisaje y conformando con el resto, en el tiempo, la identidad lugareña.

Que pensaría Pincén del futuro del lugar, o Wysocki cuando construía la zanja de Alsina y fundaba el Fortín Olavarría, o Duva cuando se rompió la chata que lo trasladaba y quedó varado en un lugar que él llamó San Mauricio.  En medio de la nada.

Que fácil resulta hoy, con los documentos en la mano, con los resultados a la vista, diagnosticar, evaluar y hasta juzgar acciones que extraídas del contexto original aparecen como sencillas y con resultados predecibles.

San Mauricio es una señal, un signo, un vestigio que nos deja el pasado. No son muchos los lugares que han sobrevivido a los embates de los tiempos. Cenizas, sequías, inundaciones, depredación y descuido. Sin embargo continúa allí, de pie, recordándonos que es importante, que el futuro se lo merece, que el esfuerzo vale la pena, que nos representa a todos, que es la síntesis, la conjunción, el encuentro. Haciéndonos ver que a pesar de todo, el vaso está medio lleno, que sus muros antiguos y originales son únicos al igual que sus frescos, sus aljibes, sus puertas, su biógrafo y su parroquia que aun en ruinas, redime.

San Mauricio también espera la señal.

Nota escrita por el Profesor Sr. Alberto Orga

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