Vivir sin Italpark

Vivir sin Italpark

Por Hernan Firpo

Para Diario Clarin.

Flavio Rodriguez

“¿Vos sabías que la Súper 0cho, la primera montaña rusa del país, estuvo tirada en Mar del Plata en un estado irrecuperable y que la regalaban? ¿Y sabías que fue recuperada y que ahora está en uno de los dos pequeños parques de diversiones que tiene Luján? Curioso.

Tratándose de un enclave religioso, Luján es también un lugar muy lúdico. En cambio nosotros vivimos en una ciudad sin parque de diversiones y uno no se da cuenta, pero eso trae consecuencias…” Algo de intriga antes de que Flavio Rodríguez hable sobre un costado desconocido de la idiosincrasia porteña, para presentar a esta autoridad en entretenimientos o en parques de diversiones, acotando un poco la especie –no sea cosa que don Disney se nos derrita–. A ver: desde que hay que parecer además de ser, perdemos la fe con demasiada ligereza.

Flavio no es Isidoro Cañones, ni siquiera tiene pinta de discípulo de Jacobo Winograd. Es más, posee una redondez desaconsejable para cierta dinástica metrosexualidad. Trabaja en una oficina, y desde un escritorio de atención al cliente, Flavio, que tampoco es guionista de “Graduados” –y nada tuvo nada que ver con los tres millones de argentinos que días atrás recrearon su nostalgia en clave de vértigo– asegura que vivir en semejante ciudad, sin montaña rusa, debería restringir el consumo de tango.

“Bah, que el tango tendría que aclarar, con letra chica pero firme, que en tanto exponente de la melancolía nacional, no es lo mismo en una ciudad sin parque de diversiones. Que quizás, sin saberlo, el tango acentúe el componente melanco del porteño”. ¿Cómo es eso? “¿Tenemos frescos los recientes Juegos Olímpicos? Entonces recordamos que Londres cuenta con una vuelta al mundo ubicada en un lugar estratégico. En un país que exportó su flema inglesa, que tiene un clima tremendo, etcétera, la vuelta al mundo es claramente una sonrisa que te hace la ciudad de la niebla”.

¿Cuándo nos hemos vuelto tan urbanísticamente posmodernos como para destruir valores anteriores en lugar de rehacerlos? Flavio no sabe, no contesta, pero como el mejor de los surrealistas fue anotando sus sueños. “Mi humilde misión es abordar el no-olvido. Hablo de un rescate de las cosas perdidas. Me considero básicamente un coleccionista de fotos y objetos del Italpark. Fichas, talonarios, diplomas de cumpleaños. Las fichas violetas eran para los juegos de chicos: calesitas, Dumbo, El Gusano… Las azules eran para los juegos intermedios: La gruta del terror, el Laberinto de Cristal. Las fichas naranjas eran para los de adultos: Súper 8 o Monza. Todavía puedo sentir como eran en mi mano, como las colocaba en la ranura. Había que empujarlas con un poquito de presión hasta que hicieran crack”.

El asunto de la gran metrópolis sin parque de diversiones lo llevó, hace unos años, a abrir un fotolog que de la noche a la mañana alcanzó las 400 visitas diarias. Le llegaban fotos y material de todas partes del país. Con eso se puso a escribir un libro (“La vereda del recuerdo”). El editor no se pudo resistir al comprender que delante suyo tenía a un insólito coleccionista del Italpark, ávido investigador de la historia del juego –nunca tragamonedas– y a la única persona que conoce, incluso, hasta los secretos mecánicos. “Sí, yo sé dónde está el primer juego de la historia de nuestros parques de entretenimientos, y les puedo decir que data de 1911”.

Tiene razón Flavio cuando ruega por las alegrías omitidas: “Twitter y Facebook no es diversión; eso es otra cosa”. Las redes sociales, dice, apuestan al arte de desaparecer (¿el progreso consistirá en suprimirse íntegramente?). “El Ital Park era un real movimiento de masas. La antítesis de la aglomeración que propone la tecnología en estos tiempos. En su mejor momento, con la llegada de la democracia, en 1983, pasaban ocho mil personas por sábado. El Italpark fue un sinónimo de alegría que nunca se reemplazó”.

Este es el tema que ocupa al hombre que aún se sube al tobogán de la plaza de Villa Urquiza. Hay que jugar. Es su terapia. Así que si ves a un grandulón en la hamaca no te asustes. “El día que se murió Roxana Alaimo, la chica de 15 años que falleció en el Matter Horn, yo también me morí un poco. Vivía cerca, iba todos los días porque de lunes a viernes no cobraban entrada. Cuando no tenía plata, me quedaba mirando. El Italpark era la plaza de mi barrio. No me parece justo que haya quedado asociado a la tragedia… ¿A mí? Uh, a mí me encantaba el Samba. Para los que no éramos de bolichear, una opción consistía en terminar la noche en el Samba bailando las canciones de The Police…”

fuente:  http://www.clarin.com/ciudades

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